Agosto, 2008

Semblanzas Profundas: Omar Cáceres.

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La imagen que nos queda del talentoso poeta Omar Cáceres, escritor de intensa pero escasa obra nacido en Cauquenes en 1904, se enmarca dentro de un halo de fugacidad y misterio. Quienes lo conocieron entre los años treinta y cuarenta, antes de su crudo deceso, lo recuerdan en términos que aluden de forma coincidente a su carácter fantasmal.

Volodia decía que lo veía avanzar con la elegancia de un espectro, Sabella que le dedico el número cinco de su revista Hacia, agregó que el poeta asistía como entre brumas a la conversación. Finalmente Miguel Serrano, quien lo conociese de cerca, resalta la desolación que acompañaba a Cáceres, ya fuera al recitar, al moverse y lo retrata bajo un aura de impenetrabilidad gélida e irrespirable, como un aliento de soledad y muerte, una presencia cósmica. Destacamos la visión personal del autor en la siguiente frase:

Hollarán conmigo la soledad en que he abierto una nueva salida hacia las cosas

Voz Caceriana condenada al olvido la cual, paradójicamente, se torna de culto. Ella es tributaria del génesis de un único y gran libro “Defensa del ídolo”, publicado originalmente en la capital el año 1934. Este título, una leyenda del malditismo poético nacional, tuvo muchas erratas y una modesta edición que sin embargo, no impidió el rescate y posterior difusión de la obra y la devoción que grandes como Pedro Lastra le han prodigado.

defensa.JPG En la actualidad encontramos variadas ediciones nacionales y extranjeras de “Defensa del Ídolo”, estas incluyen además comentarios críticos y alusiones a los problemas que hubo en torno a su prólogo, el cual conmino agonalmente a muchos poetas de la época. De manera que, podemos sin vacilación señalar que Cáceres fue considerado prematuramente uno de las importantes voces de la poesía chilena de los años 20 del siglo recién pasado. Aparece de forma lúcida dentro de la polémica Antología de poesía Chilena Nueva de Anguita y Teitelboim junto al imaginista Ángel Cruchaga Santa María, Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle y los consagrados de Rokha, Neruda y Huidobro.

El joven poeta, marcado por la vanguardia profunda de ese entonces, logró la admiración y envidia de muchos, pues ha sido él único escritor nacional prologado por Vicente Huidobro. A su regreso de Francia, el epónimo creacionista le dedicó una verdadera apología que iluminaba sus rumbos poéticos

"Estamos en presencia de un verdadero poeta, es decir, no del cantor para los oídos de la carne, sino del cantor para los oídos del espíritu. Estamos en presencia de un descubridor, un descubridor del mundo y de su mundo interno".

Estas elogiosas palabras, produjeron resquemor entre el autor de Altazor y el padre de Gemidos y la editorial Multitud, Pablo de Rokha, quien también tenía un umbral destinado al texto de Cáceres, en su particular estilo, de Rokha dijo de Cáceres:

“No es la norma fluida y fácil; es la construcción estricta, dura, eximia, del cristal que siempre deviene en geometría de calidad… en anhelo de subordinación a la matemática del instinto… Aquella flor cerebral termina recogiendo lo cósmico del ser consciente. Su luz abstracta, caminando por lo subterráneo del hombre, partió en triángulos trágicos todo lo redondo y giratorio. Ahora, en la periferia expresiva, esos vértices clavan… Hoy, el lenguaje durísimo, logrado a expensas del asesinato de los sentimientos en homenaje a un orden único de materia buscada y hallada en la disciplina más definida: “Defensa del ídolo”… Adentro de aquel recinto de maquinarias, la muy delgada atmósfera atraca la garganta y el orden adquiere su terrible y flagrante predominio… Pero es tan insistente en Cáceres la dirección que imprime la dignidad y la ansiedad arquitectónica que el manantial interno no se demuestra en la frecuencia caudalosa, sino en la presencia restringida, difícil, trabajada y solitaria del hecho artístico… Más que un artista realizado (como Goethe que trabaja lo universal), es, aun, el artífice neogótico, más que un artista verificado, de gran envergadura épica; es, aun, el orfebre y el ardiente miniaturista de la limpia alcurnia…

Al final, el autor prefirió desecharla, las causas, como casi todo en el poeta, esta vedado por un tamiz de bruma, aunque se especula sobre el desagrado de Cáceres ante los duros comentarios e intención que subyace en el prefacio del amigo Piedra.

Al respecto podemos recalcar que el sepulcral hombre fue un rígido perfeccionista. Esta actitud lo llevo a un rechazo extremo hacía su publicación, al punto que, recién salida de la imprenta, tajante se decidió a quemarla en el jardín de su hogar. Los remanentes tras su violenta reacción, dejan diseminadas algunas copias de su obra, los originales se conservan en la Biblioteca Nacional y a partir de estos se ha podido comunicar su trabajo a la posteridad. Hoy podemos disfrutar del poemario “Defensa del Ídolo” reeditado y listo a ser actualizado por nuevas generaciones de lectores. Acompañamos uno de sus poemas.

Anclas opuestas

Ahora que el camino ha muerto,
y que nuestro automóvil reflejo lame su fantasma,
con su lengua atónita,
arrancando bruscamente la venda de sueño
de las súbitas, esdrújulas moradas,
hollando el helado camino de las ánimas,
enderezando el tiempo y las colinas, igualándolo todo,
con su paso acostado;
como si girásemos vertiginosamente en la espiral de nosotros mismos,
cada uno de nosotros se siente solo, estrechamente solo,
Oh, amigos infinitos.
(100, 200, 300,
miles de kilómetros, tal vez).
El motor se aísla.
La vida pasa.
La eternidad se agacha, se prepara,
recoge el abanico que del nuevo aire le regala nuestra marcha;
en tanto que enterrando su osamenta de kilómetros y kilómetros,
los cilindros de nuestro auto depáranse a la zona de nuestros propios muertos;
he ahí a los antiguos héroes dirigiéndonos sus sonrisas de altivos y próximos espejos;
mas, junto a ellos, también resiéntense,
los rostros de nuestros amigos,
los de nuestros enemigos,
y los de todos los hombres desaparecidos;
nuestro automóvil les limpia el olvido con el roce delirante de sus hálitos.
Como esas manos de mármol que se saludan a la entrada de las tumbas,
nuestro automóvil seráfico ratifica el gran pacto,
que a ambos lados de la ruta, conjuradas,
atestiguan las súbitas, esdrújulas viviendas golpeándose entre sí...
Ahora que el camino ha muerto,
y que nuestro automóvil reflejo lame su fantasma,
con su lengua atónita,
como si girásemos vertiginosamente en la espiral de nosotros mismos,
cada uno de nosotros se siente solo, indescriptiblemente solo,
¡oh amigos infinitos!

(Defensa del Ídolo Santiago 1934)

A las conclusiones o perspectivas que podamos llegar a través de esta obra, hay que añadir el estudio de material inédito, bosquejo original de Defensa del Ídolo el cual cuenta con otro orden y ligeras variaciones, además hay bitácoras y series de poemas que quedaron en el tintero o bajo una fase de revisión; estos documentos, recuperados en los últimos años, permitirán arrojar luces no sólo respecto al trabajo poético de Cáceres sino contingentes al fructífero periodo que experimentó nuestra literatura, especialmente la poesía a comienzos del siglo veinte.

Valioso material que indudablemente precede y complementa la entrega original de su obra, pues entre sus tesoros hay un cuaderno fechado en Santiago el 23 de abril de 1919 y en Rancagua el 19 de noviembre 1921, en él, junto a unos poemas, aparece el siguiente epígrafe, “cuando nada se espera de la vida, algo debe esperarse de la muerte”, desde aquel silencio de lo incierto, se dibuja el trágico destino del escritor que no podemos obviar. Su asesinato aún no ha sido resuelto. Acaecido en agosto de 1943, el occiso fue encontrado sin identificación, cerca de un caudal de Santiago, se discute si el cadáver apareció en la ribera del Mapocho o en una zanja de un canal de regadío en la comuna de Renca. El sombrío crimen se explica como un asalto, pues pretendían arrebatarle el violín, afición que se vincula a otro mito Caceriano, su pertenencia a una orquesta de Ciegos, al igual que en la obra teatral del español Buero Vallejo, El Concierto de San Ovidio.

Esta situación sumada a las escasas y ambiguas noticias que hay sobre su adhesión al partido comunista llegando a ser propuesto como diputado y algunas faenas que lo ubican como juez del trabajo en San Antonio o burócrata municipal, a la par de su pertenencia a grupos místicos y cabalísticos extranjeros, han contribuido a alimentar el mito Kafkiano en torno a su persona, siendo para algunos, la leyenda, erróneamente amalgamada o impuesta por sobre el discurso lírico.

Como respuesta, considero, esencial exponer su poética, presente en la Antología de poesía chilena nueva. Titulada Yo, Viejas y nuevas Palabras. En ella se desnuda su leitmotiv creativo

Se, por fin, que lo que digo ya esta dicho; mis palabras solo me pertenecen.Pero, después de todo, mi grande emoción, la trágica experiencia de mi espíritu, son autenticas. Y ese es el punto de partida desde el cual y a través de esfuerzos mejores, los jóvenes que verdaderamente odiamos el pasado y el presente, a fuerza de amar el porvenir, lograremos, si no alcanzar, por lo menos preparar, aquel vasto equilibrio que habrá de liberar a la humanidad, haciéndola revelarse a si misma en su esencia mas intima."

Por tanto, en esta materia parece más válido pensar en términos de Harold Bloom, critico norteamericano deconstructivista y poseedor de una particular teoría poética, y afirmar que Cáceres lanzó su lamento personal en búsqueda de un significado más allá de la forma y logró brillar con un rápido destello, un espectral centellear del tropo, de la figura y las ataduras simbólicas de su tiempo, de su generación y la influencia o más bien “influenza viral” de los que lo anteceden y los que se aproximan a su trabajo de forma superficial en busca de escándalo y morbo.

La voz especialista de Sabella, al respecto sirve de conclusión y bofetada a la siempre tan invocada inmortalidad y ánimo de figuración “Es curioso –curiosidad de perogrullo- comprobar una vez más que el poeta con su obra tiene la posibilidad de supervivir, a la luz o en las sombras. Es el destino que buscan los artistas: la eternidad. Muchos lo consiguen, otros no. Los textos de Omar Cáceres siempre han estado al alcance. Él no vino a nosotros. Nosotros lo hemos buscado. Y él, como actuó en su vida, asoma su rostro 'blanqueado por los huracanes'”.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo.


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Sergio Pitol: Amalia Otero

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Sergio Pitol: Amelia Otero



Deberías verla ahora, ¡ay, Cata, sencillamente le deshace a uno el corazón! Sabrás que la pobre se mantiene dando clases de música; yeso, ahora que ni pianos quedan en este miserable pueblo, significa medio morirse de hambre. ¿Recuerdas el suyo? Lo habían traído de Viena, o de París, qué sé yo. ¿Te acuerdas de su pequeño paraíso? Arañas de Murano, alfombras persas, mantelería de Brujas, chucherías del mundo entero para realzar los muebles que los Otero conservaban desde la fundación de San Rafael. Pues todo eso, Catalina, todo, no existe ya sino en la memoria. La inocente ha tenido que ir desprendiéndose de una pieza tras otra hasta quedarse al fin, como el arriero del cuento, con las manos vacías. Entras en esa casa que tú y yo y todos sabemos lo que fue y no resistes las ganas de echarte a llorar. Sólo cuando la vean esos ojos que se comerá la tierra te convencerás de que no exagero. Y mira que ni para ayudada, porque eso sería concederle el mismo derecho a todos los que un día fueron algo y hoy viven de milagro, sin un centavo en la bolsa, sin un mendrugo que llevarse a la boca. De cuando en cuando, eso sí, me la traigo a comer; no con la frecuencia que me gustaría, porque bien conocemos la inmisericordia que muestran los hombres ante estas situaciones; Cosme es de los que difícilmente olvidan, y aunque por lo general guarda silencio, cuando el tema sale a la luz puedo advertir que le hiere mi amistad con mujeres que, como ella, hicieron de su vida un homenaje decidido al diablo. No le quepa duda, joven, la vida es cruel. ¡Horriblemente cruel! Me imagino que ya por Catalina sabrá cómo se vivía hace cuarenta años en este San Rafael que ahora no podrá sino parecerle un pueblucho. Eso es lo que es, una aldea de medio pelo, una ranchería, arruinada., Nos cabe el orgullo de decir que nuestros tiempos fueron verdaderamente tiempos. ¿Recuerdas las noches de teatro? Mire, joven, desde aquí, por la ventana, puede ver la esquina donde se levantaba el teatro Díaz. Ahí mismo donde los Alarcón, gente de fuera, construyen una tienda de artículos eléctricos. Cada familia tenía un palco. La concurrencia era un espectáculo. Los caballeros de oscuro y nosotras de gala: plumas en los sombreros, en los abrigos, en las capas de colas soberbias, ¡y qué joyas! Me acuerdo de una salida de teatro de terciopelo negro con dos hilo_.de perlas falsas bordados desde el cuello hasta el dobladillo.


¡Corazón, lo que te envidié esa capa! Mas se dejó llegar la Revolución, y, ¿no digo bien que la vida es cruel?, aquel esplendor qué tanto nos confortaba fue cruelmente abajado y San Rafael quedó sumido en la más apabullante de las miserias. ¡Villa Muerta debió haberse llamado desde entonces! La mayor parte de la gente acomodada salió, como ustedes, hacia la capital en busca de garantías y si se les volvió a ver por estos rumbos fue sólo como turistas; quienes nos quedamos lo perdimos todo, o casi todo, a manos de los bandoleros; hordas hirsutas y salvajes que al grito de ¡Viva mi general Fulano!, o al de ¡Mueran los hombres de Perengano! irrumpieron de pronto por las calles. Escapada del monte, vomitada por la llanura, ¡sepa Dios de dónde habrá salido esa turba infame...!, lo cierto es que un día la tuvimos aquí, adentrándose violentamente en las casas, para acarrear con todo lo que les cabía en las ajorcas; acusaron al mundo entero de ser federal, saquearon el banco y las tiendas. Se volvieron los amos. Con la primera incursión de los rebeldes se inició la agonía de San Rafael, y fue entonces cuando la pobre Amelia se dejó tentar por el demonio. Te diré que yo tardé algún tiempo en darme cuenta cabal de lo que ocurría; aunque ya estaba casada, ciertos temas, por pudor, por delicadeza, no se ventilaban delante de una con la desvergüenza de hoy, sino que se quedaban en la pura penumbra. Aquí y allá fui observando y escuchando cosas, de tal manera que cuando le abrieron proceso y fue a dar a la cárcel con sus huesos y sus humos de emperatriz destronada, ya no me sorprendí, casi me lo esperaba. ¡Parece que la veo!, ¡como si fuera ayer! Pasó frente a esta ventana; yo tenía a Martita de meses y me causó tal impresión que por varios días no pude darle el pecho. Caminaba erguida, vestido creo que de morado, muy hermosa. A pesar de que aquellos léperos la llevaban sujeta de las muñecas caminaba con la cabeza en alto, sin desviar la mirada, sin saludar a nadie, como si en el mundo existieran sólo las puertas de la cárcel y su única preocupación fuera alcanzarlas. Sólo mi comadre Merced Rioja se atrevió a desafiar, no a los esbirros que la conducían, que eso, dado sus arrestos, no le hubiera extrañado a nadie, sino a la opinión pública, pues si bien es cierto que con el tiempo todas fuimos volviendo a tratarla (no crean, se necesitaría tener el corazón muy de piedra para no compadecerse), en aquella época, los hechos tan recientes, y siendo, para bien o para mal, tan rígida nuestra conducta, resultaba espantoso que alguien se atreviera a acercársele y a dirigirle la palabra; cuando mi comadre Merced se dio cuenta de que la llevaban detenida se enfrentó al grupo y sin inmutarse por la mala catadura de aquellos desalmados le dijo que no se preocupara por sus hijos, que ella los llevaría a su casa y velaría por ellos el tiempo que fuera necesario. Su gestión resultó en vano, ya que un sobrino de Concha Ramírez se había ingeniado para llevados esa mañana al escondite de Julián, y éste desapareció para siempre con ellos; unos dicen que salieron rumbo a los Estados Unidos, otros que a Europa; hasta hay quienes sostienen que están viviendo en Mazatlán, lo cierto es que no volvió a enterarse del paradero del marido ni de los hijos; pero ve tú a indagar qué sabe y qué no sabe; con ella nunca se ha podido poner nada en claro, o, al menos, no tan en claro como teníamos derecho a esperar. De nosotras no se podrá quejar, si lo hace sería por pura ingratitud; la hemos tratado como a una hermana, nos hemos apiadado de sus pesares, la ayudamos hasta donde nuestros recursos nos lo permiten; hemos optado por perdonar y olvidar al ver lo caro que le resultó el pago; y así y todo, ¿creerás que nos trata con tales reservas que nadie hasta la fecha ha logrado enterarse de nada? ¿Dime si esa falta de confianza no ha de ofenderme? Pues bien, decía que del marido y de los hijos no volvimos a tener noticias, sólo que hace cosa de diez años, cuando Rosa Guízar trabajaba aún en el correo, tuvo en sus manos un sobre dirigido a Amelia, enviado del extranjero, y allí bien claro, la letra de Julián. Debió de haberlo abierto, debió de haber leído la carta; en ese caso no hubiera sido delito. No venía de los Estados Unidos, de eso Rosa estaba bien segura, pues conocía de sobra las estampillas. En aquel maldito sobre no constaba ni nombre ni remitente, ni dirección, ni nada. Rosa nos dijo cuál era la palabra impresa en la estampilla y Osario, el boticario, la anotó para buscarla en su Atlas Geográfico; pero has de creer que el estúpido perdió el apunte y como las desgracias nunca vienen solas a la pobre Rosita le atacó la embolia una de esas noches y ya no hubo posibilidad de sacarle una palabra ni de hacerle escribir una sola letra. Lo único que supimos fue que aquella carta, fuese de Julián o de quien fuera, perturbó terriblemente a Amelia; volvió a cerrar su casa a piedra e Iodo y durante días no se le vio salir a la calle. Era Concha Ramírez la que iba al mercado y a avisar a las alumnas que la señora no podía atender en esos días las clases de piano, porque el reuma, ¡SU socorrido reuma!, la había atacado con inusitada violencia y el menor movimiento le causaba dolores atroces; luego, cuando al fin se decidió a aparecer, estaba deshecha; en menos de una semana había envejecido siglos, y cuenta Julita Argüelles que mientras le daba la clase se le escaparon algunas lágrimas, ¡vaya uno a saber si fue cierto!, pues nadie, al menos nadie digno de crédito, ha visto llorar a Amelia Otero.


Pero veo que te canso, Catalina, ya tu nieto estas historias le deben tener muy sin cuidado; qué quieres, a nosotras ya no nos pertenecen sino los recuerdos. Es tanto lo que uno ha visto, joven, y todo tan perverso, tan abrumadoramente triste, que tenemos que aireado a la menor oportunidad para no enloquecer, para que el corazón no nos reviente de pronto.


El día anterior a nuestro regreso a México, vagabundeando por las calles del pueblo, pasé frente a la casa de doña Carlota y se me ocurrió entrar a despedirme. Al poco rato la veía yo, divertido, ingeniársela para enhebrar el .hilo de su historia favorita:
—.Hacia 1910, San Rafael podía haberse erigido en un símbolo de paz y tranquilidad. La vida se deslizaba por cursos apacibles, sin angustias, sin sobresaltos de ninguna especie; las únicas penas las producían las defunciones, o el hecho de que la cosecha de café fuera pobre o no alcanzara un buen precio. No creo que usted, que seguramente ha aniquilado su juventud en un estúpido salón de cine, pueda hacerse cargo de la situación. Seguramente ha de parecerle tediosa e insípida la existencia que entonces cultivábamos, pero créalo, no necesitábamos más: paseos por el campo, tertulias en las casas, fines de semana en las haciendas de los alrededores; cuando nos visitaba una compañía dramática, San Rafael creía conocer la gloria; éramos tan aficionados a las tablas que hasta llegamos a patrocinar una que otra temporada de ópera. Era una vida tersa y armoniosa, y Amelia, la luciérnaga que imprimía luz a nuestros esparcimientos. Lo que más disfrutábamos eran las funciones de aficionados, no tanto por las representaciones sino por la diversión diaria que nos proporcionaban los ensayos. Durante las noches de verano su casa se mantenía animada por nuestro entusiasmo; después del ensayo se servía la cena y unas copas de aguardiente y de buen vino; a veces hasta se organizaba baile. Todo el mundo, actuara o no, acudía esas noches a su casa. Su abuela y yo aparecimos en los coros de La mascarada. ¡No sabe qué vestuario! Estaba aquí de vacaciones el licenciado Galván y comentó que nunca había visto un espectáculo de aficionados montado con tan buen gusto como aquella Mascarada que representamos un sábado de gloria en el teatro Díaz. Como le he dicho, las noches previas a la función tenían mucho encanto: en el salón grande, con Santitos Gaspar al piano, cantábamos los jóvenes; en la sala de junto los señores mayores jugaban a las cartas o al dominó y discutían sobre la situación política que empezaba a enturbiar los ánimos, mientras que, refugiadas en el comedor, las viejas no hacían sino comer a pasto y beber rompope y criticar a todo el mundo. No había hecho que en San Rafael pasara inadvertido por la torva mirada de aquella secta de momias; casi todas pasaban de los setenta: había nietas de los fundadores del pueblo. Aquellas once o doce ancianas conocían no sólo el más ligero desliz que alguna persona hubiera cometido, sino, lo que era muchísimo peor, podían predecir el futuro con impresionante certidumbre; por eso se les temía y respetaba como a vetustos e infalibles oráculos. Aquel grupo de viejas comenzó a esparcir el rumor de que ni Amelia ni Julián eran felices, que su matrimonio era un fracaso, que el hastío incubaba resentimientos entre ellos, a lo que todas respondíamos que era mentira, que su casa era la más alegre de la ciudad; pero cuando le expuse ese argumento a doña Victoria Fraga me respondió que eso era precisamente lo que la hacía sospechar que las cosas iban a acabar mal, pues si el matrimonio estuviera unido los cónyuges no necesitarían buscar oportunidades para no quedarse a solas, para estar aturdiéndose a toda hora, con gente, comidas, paseos y ensayos. "Acuérdate de mis palabras —añadió—, nuestra encantadora Amelia no tarda en dar un traspié." Quedé anonadada, pues, como le repito, cuando aquellas ancianas dirigidas exacerbadas por los malísimos humores de Victoria Fraga, se decidían a lanzar el anzuelo, era porque estaban seguras de la pesca. Y me dolió, porque yo, la verdad, en aquel entonces quería mucho a Amelia. Le dije a doña Victoria que esa vez se equivocaba, que le tenía mala voluntad por venir de la capital, por disfrutar de la vida. Era tal mi furia que me atreví a decide que hablaba de ese modo por envidia, ya que Amelia era joven y elegante y, sobre todo, porque se había casado con Julián a quien desde muchacho le había echado el ojo para casado con una de esas gurbias abominables que tenía por nietas. La escena me dejó muy lastimada y contrita, y las noches siguientes las dediqué a observar detenidamente al matrimonio. ¡Era verdad! Una cortina de hielo se les había interpuesto; procuraban mantener entre ellos la mayor distancia posible. Si riñeran, decía yo para mis adentros, si se reclamaran cara a cara de todo lo que se les está incubando, las cosas cambiarían. Pero nunca riñeron, y así les fue... Poco después del estreno de La mascarada fuimos a Xalapa a que operaran a Cosme y de ahí yo seguí con mi suegra en México con intención de pasar una temporada con Maruja, la menor de mis cuñadas, lo que ya no fue posible, pues a las pocas semanas la situación se volvió muy difícil: no se oía hablar sino de levantamientos y de que del norte bajaba la Revolución. Antes de que, cortaran los caminos decidimos volver a San Rafael, y no teníamos ni una semana de haber llegado cuando los rebeldes asaltaron la población. Julián Otero tuvo que salir, igual que varios otros señores de la localidad, entre ellos mi marido, a esconderse en los alrededores. Me parece que fue en un rancho a Matalarga donde pasó esos meses. Amelia se quedó sola con sus hijos Mamá, siempre al pendiente de todo, fue a ofrecerle nuestra casa; pensó que era peligroso que una mujer viviera, en días tan turbulentos, sin un hombre que velara por su seguridad; pero ella se, negó a aceptar todas las invitaciones que a ese respecto le hicieron. Era como si presintiera su llegada. Lo más posible es que ya estuviera enterada. Me acuerdo que al día siguiente de la toma de San Rafael fuimos a visitada, se mostró más bien alegre, voluble y excitada. Se ha de imaginar el sorpresón que nos llevamos cuando nos dijo que en México había tratado con algunos revolucionarios Y que no había por qué alarmarse, que, tan pronto como terminaran las escenas inevitables de violencia tendríamos la oportunidad de conocer una vida mejor. Salimos de allí con el ánimo muy perturbado. De repente nos enterábamos de que una a quien siempre habíamos considerado de las nuestras, pertenecía al bando que obligaba a nuestros maridos a vivir escondidos en algún rancho de mala muerte, disfrazados de peones, medrosos y humillados. A los pocos días de la rendición del pueblo llegó una nueva fracción del ejército; cerca de mil fulanos: muerte y destrucción era su sino: ejecuciones en las haciendas, en los caminos, en los solares mismos de las casas, saqueos, raptos, vejaciones. Nunca me cansaré de reprocharle a Cosme el que no hubiéramos salido entonces de San Rafael, como hizo su familia y tantas otras. ¡La de sufrimientos que nos hubiésemos ahorrado! Los rebeldes, apenas llegados, comenzaron a repartirse en las casas. Piénselo, joven, mil gentes más que hubo que alimentar. A casa de los Otero, por ser una de las mejores, llegó a hospedarse el alto mando: el general Rubio con sus ayudantes. Los recibimos a la fuerza, haciéndoles notar lo poco que nos complacía ser sus anfitriones. ¡Qué días! Nos hacían comer en la cocina, servirles la mesa, hacerles las camas; de mil y una objeciones fuimos objeto en esos días. ¡A Amelia, en cambio!


Rubio daba la impresión de ser un muchacho decente injertado en la bola; a leguas se le notaba la diferencia con la chusma que lo rodeaba. Desde el primer momento la trató con atenciones, No la obligó a cederle; pistola en mano, su casa, como lo hicieron con nosotros los matarifes que nos tocó alojar, sino que fue a solicitar albergue para él y sus hombres durante el tiempo que permanecieran en San Rafael; no vaya a creer que cedió de inmediato, por el contrario, la muy ladina replicó al general que estando su marido en la capital le parecía contrario al decoro alojar a un grupo de militares; el hombre no cejó, siguió insistiendo con aplomo hasta que Amelia no tuvo más remedio que dejados pasar. Ya en ese primer encuentro, si uno lo piensa bien, se podía descubrir algo anómalo, un tono de comedia bien ensayada en la solicitud y en las negativas, en las súplicas y en la aceptación final, un aire de galanteo, tanto que a mí me latió que Amelia y Rubio se conocían desde antes, desde sus tiempos de soltera en la capital. Pasaron varios días durante los cuales nadie se preocupó más que de salvar el pellejo y las pertenencias, lo que día a día se fue haciendo más problemático, pues en cada casa había por lo menos cinco matarifes que todo lo acechaban, todo lo veían, ¡malditos mil veces los muy hijos de perra!, y a todo el mundo trataban de comprometer. Durante esos primeros días, Amelia permaneció encerrada todo el tiempo. Como no podíamos recibir en nuestros hogares por estar constantemente vigilados, tomamos la costumbre de reunimos por la tarde en la alameda y tratar ahí nuestros asuntos, consolamos por nuestros cotidianos pesares, cambiar impresiones y ayudamos en todo lo posible. Amelia no asistía y cuando íbamos a buscarla pretextaba un terrible dolor de cabeza, reuma cerebral nos decía a las cándidas, pues ya sea en los pies, en los brazos o en el cerebro, siempre se ha refugiado en el reuma para evitar explicaciones. Creíamos que realmente estaba enferma y que sus dolores debían ser producidos por la zozobra que a una mujer sola le produciría tener alojada en su casa a una banda de forajidos. ¡Qué lejos estábamos de imaginar que el desagrado se lo causaban nuestras visitas y que en aquel cabecilla tenía para su consumo un hombre de placer! Tampoco hay que juzgarla del todo peor, muchachito: el general no era un cualquiera; no era, ¡ay, no!, como aquellos indios cerreros que vivían en esta casa. Rubio era un señor. Con decirle, que anciana como soy y pudiendo, por lo mismo, ver las cosas en perspectiva y no espantarme de nada, creo que yo y mis hermanas, y las Mendoza, y las muchachas García Rebolledo y todas, aunque no nos lo confesáramos ni a nosotras mismas, andábamos de cabeza por él; si una noche hubiera llegado a mi casa para decirme: "Ándele, güera, vaya empacando sus trapos que ahí afuera nos espera el caballo para jalar al monte, ándele, ándele", o cualquier ordinariez por el estilo, me habría ido con él, con todo y el respeto que guardé siempre a mis padres, y el que le he tenido a Cosme, y el que he guardado toda la vida a mi honra y buen nombre, me habría ido con él, habría sido su soldadera, su puerca, su escopeta, y aunque a los pocos días me hubiera abandonado me habría sentido colmada, porque era un ángel, un sol, Una profundidad, un demonio; nunca vi, ni antes ni después, otro hombre que se le pareciera; era un ángel con cara de Caín. Lo odiábamos por lo que representaba, pero no podíamos dejar de advertir que sus ojos eran los de un iluminado. A las pocas semanas no se preocupaban en tener el menor recato; hacían frecuentes paseos, por lo general al campo; no nos cansábamos de admirar su frescura y desvergüenza cuando los encontrábamos caminando parias alrededores. Las cosas llegaron a tal extremo de impudicia que doña Victoria Fraga, asistida por el consenso público, fue a hablarle y a exigirle que modificaran su conducta. Amelia no se inmutó; salió con la nueva de que el general Rubio y ella eran amigos de infancia, que hasta los unía un lejano parentesco —se parecían, eso es cierto, se parecían muchísimo— y que por lo tanto no tenía que moderar ninguna conducta; sus actos eran los de una vieja amiga, prima además, y que como el general se encontraba desamparado, así dijo, ¿lo puede usted creer?, ¡desamparado!, en un pueblo tan oscuro y de gente tan aburrida, se sentía en la obligación de hacerle lo más grata que fuera posible su estancia. Doña Victoria le respondió que se alegraba muchísimo, que perdonara su error, y ya que el general era su primo Julián no tendría problemas para volver a casa. Amelia la dejó casi con la palabra en la boca, comenzó a quejarse de su bendito reuma y de los dolores que le ocasionaba, y lo necesario que le era el reposo. No obstante que la época nos había acostumbrado a que cualquier cosa nueva tenía por fuerza que ser terrible, nadie se esperaba un desenlace tan estrambótico y siniestro. Cuando Madero llegó a la presidencia, Rubio fue nombrado jefe militar de la zona; luego, la verdad es que no me explico qué ocurrió, estos rebeldes y los maderistas entraron en pugna, no lo sé bien, no me interesa, lo cierto es que se hizo público que Rubio había sido desconocido en su cargo y que las fuerzas gubernamentales tomarían la población Otra vez la zozobra, otra vez el miedo al imaginar que nuestras calles, nuestras casas, serían el escenario en que habían de desarrollarse los combates, hasta que nos enteramos que Rubio no opondría resistencia a las tropas del gobierno, que evacuaría San Rafael por la paz. Se decía que Amelia saldría con él, que dejaría para siempre casa, marido e hijos. Y así fue. La madrugada en que salió la tropa, la Otero abandonó San Rafael. Pero a los tres días, para nuestro asombro, regresaron ambos; a llevarse algo, pensamos, seguramente dinero, o las joyas de Amelia, o a volver a ver a los niños. Fue un anochecer. Dejaron los caballos en la alameda, caminaron a lo largo de la calle mayor, iban como perturbados, como ebrios, uno aliado del otro sin siquiera tomarse la mano. Todos pudimos verlos; las calles bullían de gente que comentaba la situación en que nos encontrábamos; se iban unos, pero estaban otros por llegar cuya crueldad nadie conocía. Amelia y Rubio caminaron sin vemos, sin reconocemos, agobiados, hasta llegar al parque donde él se desplomó en una banca, como si ya no pudiera más, pero ¿por qué?, ¿qué había pasado? Ni en el cine he visto una escena como aquélla: Rubio sentado en la banca con la cara entre las manos, ella, de pie, demacrada, martirizada, perdida. Unos minutos después lo tomó de la mano como a un niño, como a un hermano pequeño, y siguieron caminando hasta llegar a su casa. En esos momentos no estaba sine Concha; ella es la única que podría dar un testimonió veraz de la tragedia, aunque como le he dicho, joven, jamás se le ha podido sacar una palabra; es terca como una mula y no sabe sino responder que no oyó ni vio ni supo nada; que lo que allí pasó a ella no le importa, ni a nadie. Cuando se oyeron los disparos nadie les dio importancia, en aquel entonces los balazos eran el pan nuestro de cada día. A la mañana siguiente, Concha salió a comprar el ataúd. Todo el mundo estaba consternado y sin saber a ciencia cierta cómo proceder, pues hasta que no negaran los destacamentos maderistas pasamos por momentos rarísimos, sin autoridades, sin tribunales, sin gendarmería siquiera, así que lo único que nos cupo fue dejamos invadir por el horror y esperar las aclaraciones que jamás se nos dieron. Esa misma tarde, sin autopsia, sin que nadie tratara de impedido, el general Rubio fue sepultado. A las toscas manos de Concha correspondió el honor de echar el último puñado de tierra al hombre que convirtió a nuestra Amelia en una adúltera y una criminal. No salió, de su casa sino hasta muchos días después, cuando las nuevas autoridades ordenaron su aprehensión. Para nuestra desdicha no pudimos sacar nada en claro. El proceso fue secretísimo y parece que nada quedó apuntado. El licenciado Bustamante, que venía con los maderistas, le dijo un día a mi cuñado Laureano que aquél era el caso más interesante que había juzgado en su vida.


"Un viento de tragedia griega —dijo muy pomposamente— ha soplado en el caso de Xavier Rubio y Amelia Otero." Declaró que los había conocido antes en México cuando niños, y que ya entonces había presentido el final. Eso fue todo lo que recabamos de aquel proceso que la llevó quince días a la cárcel para resultar absuelta: que un viento de tragedia griega había soplado en sus vidas, ¡hágame usted el favor! Y si salió libre, ¿qué debíamos suponer?, ¿que fue un suicidio?, ¿entonces por qué ni ella ni Concha lo dicen? Al salir de la cárcel se encontró sin marido y sin hijos; doña. Merced le entregó un sobre abierto en el que Julián le dejaba las escrituras de la casa y de unas fincas que tenía aquí cerca, por el rumbo de La Cuchilla. Las demás propiedades las malvendió Julián a don Cruz Vega. Amelia llegó a su casa, tapó puertas y ventanas y durante muchos, muchísimos años, permaneció oculta. Nada sabíamos de ella; yo, fantasiosa como soy, llegué a temer que hubiera muerto y que Concha nos ocultara la noticia; hasta que un día, unos quince años después ante el asombro general, sus ventanas se abrieron, y a los pocos días la teníamos nuevamente por las calles. Era como un espectro que nos recordara una época que todos queríamos olvidar. Era traernos nuevamente al corazón aquellos años de despojos, de saqueos, de atropellos, y lo más penoso, lo muy doloroso, es que nos recordaba también nuestro bienestar anterior en un tiempo amargo en que todos teníamos que vivir al día. También ella debía mantenerse entre grandes estrecheces; sus joyas habían ido a parar, su fiel Ramírez se había encargado de llevarlas, a casa de Nabor Quintero, el prestamista. Imagínese nuestro asombro al ver salir aquel fantasmón a la luz después de tantos años de absoluta incomunicación. Parecía que fuésemos espectadoras de una representación al aire libre. Dos rosas amarillas recién cortadas adornaban su cabellera rubia. No creo que la agitación alcanzara semejantes proporciones el día que sus vecinos vieron resucitar a Lázaro. No hubo un alma que no se asomara a los balcones o saliera a la calle, y así, con el pueblo entero haciéndole valla, reapareció en escena. ¿Se da usted cuenta? En la primera salida se dirigió al despacho del licenciado de la Peña para encargarle la venta de su finca en La Cuchilla, pues, según aclaró, eran tierras que no podía atender y le estaban haciendo falta unos centavos para algunos menesteres —menesteres que eran comer tres veces al día, me imagino——. Tendría entonces cerca de cincuenta años; ni una arruga en la piel, que se había vuelto de una blancura sobrenatural, ni una cana en el espeso cabello rubio, pero, le digo, ya no era hermosa; la soledad y el sufrimiento habían dejado marcada. Después de aquella primera salida empezó a hacer algunos paseos al atardecer y todas fuimos, poco a poco, volviéndola a tratar. Al principio sólo un furtivo saludo, luego nos le fuimos acercando, después la admitimos en nuestras casas, y así, cuando vendidas todas sus pertenencias se ofreció a dar clases de piano, a nadie le supo mal encomendarle a sus hijas, máxime que nunca hablaba del pasado ni, muchísimo menos, de sus extraños amores con aquel apuesto general guerrillero. Los años pasaron sin añadir novedades a su vida, a no ser esa misteriosa carta cuyo origen nunca logramos averiguar. Con la vejez se le han agudizado las manías. A veces se pasa noches enteras sentada en el balcón con la mirada fija en el parque, en aquella banca donde una noche de otoño había llorado su amado pocas horas antes de que una bala le penetrara en el corazón llueve, hace frío, y ahí la tiene, apostada en la baranda con sus setentaitantos años a cuestas; Inmóvil, como si esperara oír algo, como si pensara que de pronto iba a encontrarse con él, mientras sus ojos, alocados e irredentos, se lanzan desesperadamente a buscarlo. ¡La pobre...! No quisiera estar un solo minuto dentro de su piel, con esas cargas que debe llevar dentro, con esos pecados que deben lacerarle todo el tiempo las entrañas; no sólo el asesinato, si lo hubo, pues he negado a pensar que en este caso eso fue lo de menos, y que el vínculo que la unía a Xavier Rubio era más sórdido y terrible que el crimen mismo.


De pronto doña Carlota dejó de hablar. Algo visto a través de la ventana la sacó de aquella abstracción de médium en que se había mantenido a lo largo del relato. Me asomé yo también.
Una figura grotesca cruzaba la calle.


—Es ella —murmuró—. llevaba un vestido de principios de siglo, de grueso género verde; la cola larga y fluida parecía atorarla a cada momento a los guijarros de la calle, haciendo más penosa aún la marcha; un mantón desteñido y marchito se enredaba, con torpe gracia, a su cuello; se apoyaba al caminar en un bastón tosco de madera con puño amarillo; el cabello, desastrosamente teñido con reminiscencias de yodo, estaba recogido en la parte superior en una informe madeja. Parecía absurdo suponer que aquella estrambótica criatura, ridícula y grotesca, hubiera podido protagonizar un drama pasional tan intenso; pero cuando se acercó y pude contemplar sus ojos quedé sobrecogido. En ellos estaba fija una mirada salvaje y tierna que se paseaba por todos los registros e la pasión, y que de modo impresionante podía traslucirlos todos a la vez, de la ferocidad más animal a la más piadosa de las ternuras, del arrojo más decidido al más conmovedor de los temes.


Nunca más volví a San Rafael. Amelia Otero debe haber muerto; también Concha Ramírez, Su fiel sirvienta, y doña Carlota, la obsesiva relatora. Es posible que a la muerte de Amelia se hubiesen podido al fin conocer los pormenores de su tragedia, que hayan surgido cartas, papeles, diarios, pero también es posible que a nadie le hubiera ya interesado leer aquellos documentos. Muertos sus contemporáneos, moría su historia. Tal vez en la planta baja de su casa, los Alarcón —gente de afuera hayan abierto ya una discoteca.


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El escudo de la ciudad

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El escudo de la ciudad
Franz Kafka


En un principio no faltó la organización en las disposiciones para construir la Torre de Babel; de hecho, quizás el orden era excesivo. Se pensó demasiado en guías, intérpretes, alojamientos para obreros y vías de comunicación, como si se dispusiera de siglos. En esos tiempos, la opinión general era que no se podía construir con demasiada lentitud; un poco más y hubieran abandonado todo, y hasta desistido de echar los cimientos. La gente razonaba de esta manera: lo esencial de la empresa es el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es del todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, existirá también el fuerte deseo de terminar la torre. Por consiguiente no debe preocuparnos el futuro. Al contrario: el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado y seguirá progresando; de aquí a cien años el trabajo para el que precisamos un año se hará tal vez en pocos meses, y más resistente, mejor. Entonces, ¿a qué agotarnos ahora? Eso tendría sentido si cupiera la esperanza de que la torre quedará terminada en el espacio de una generación. Esa esperanza era imposible. Lo más creíble era que la nueva generación, con sus conocimientos superiores, condenara el trabajo de la generación anterior y demoliera todo lo adelantado, para recomenzar. Tales pensamientos paralizaron las energías, y se pensó menos en construir la torre que en construir una ciudad para los obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio, y esto dio lugar a disputas que culminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían fin; algunos dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la construcción de la torre y otros que más valía aguardar que se reestableciera la paz. Pero no sólo en pelear pasaban el tiempo; en las treguas se dedicaban a embellecer la ciudad, lo que provocaba nuevas envidias y nuevas peleas. Así pasó la era de la primera generación, pero ninguna de las siguientes fue distinta; sólo aumentó la destreza técnica y con ella el ansia guerrera. Aunque la segunda o tercera generación reconoció la insensatez de una torre que llegara hasta el cielo, ya estaban demasiado comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad.

El vaticinio de que cinco golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán la ciudad, está presente en todas las leyendas y cantos de esa ciudad. Por esa razón el escudo de armas de la ciudad incluye un puño.


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China por José Donoso

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China

José Donoso


Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.


Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.


Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.


Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito. Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una muchachita rubia sonreía. Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mí, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rió, diciendo:


-¡Por Dios, esto es como en la China!



Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se leía en un cartel: "Zurcidor Japonés".


No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El "Zurcidor Japonés", por mucho que yo deseara, jamás remendaría mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en "China", nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.



Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:



-¿Vamos a "China"?



Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quizás a disfrazarnos de orientales.



-Como salieron -dijo-, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.



-No, tonto -susurré-, esta vez vamos a IR a "China".



Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba. Caminamos al sol. Íbamos a "China", había que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños. A medida que nos acercamos, mi corazón latió más aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera a otra.



Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.



-Aquí es -dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.



Lo primero que me extrañó fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían. Una terrible desolación me fue invadiendo. El sol era tibio, tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías, igual que nosotros.



Fernando preguntó:



-¿Y por qué es "China" aquí?



Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jamás volvería a creer en mí.



-Vamos al "Zurcidor Japonés" -dije-. Ahí sí que es "China".



Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección. Dije entonces:



-Ves, tonto, tú no creías.



-Pero es feo -respondió con un mohín.



Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.



-No seas tonto. Atravesemos para que veas -lo animé, más por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.



Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del "Zurcidor Japonés". Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara a mi hermano. Sólo atiné a decirle:



-Mira... -y hacer que la tocara.



Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió. Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.



Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso, y además estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de "Pinocho en la China" y se puso a deletrear cuidadosamente.



Los años pasaron. "China" fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma. Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era "China". Además, "China" estaba casi olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el "Diccionario Enciclopédico" de papá las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas.



Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas de marco oscuro.



En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categoría, solía volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era "China", aunque nada en ella había cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. "China" había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta época, el letrero del "Zurcidor Japonés".



Más tarde salí del país por varios años. Un día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:



-En "China"...

Y yo no comprendí.


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Semblanzas Profundas: Egon Wolff

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El dramaturgo chileno de origen alemán Egon Wolff nació en Santiago el año 1926. De profesión ingeniero químico, Wolff parecía como otros grandes de la escritura nacional e internacional, por citar algunos casos emblemáticos pensemos en Nicanor Parra y Ernesto Sábato, ambos físicos; predestinado a un mundo alejado de las letras, sin embargo como en el caso del antipoeta y el argentino, su sensibilidad y visión crítica, lograron torcer la mano de cualquier prejuicio y supuesto y más allá de las apariencias que deslindan sin mayor fundamento grandes áreas del conocimiento humano, surge la obra de quien a juicio de Woodyard “es sin lugar a dudas uno de los talentos más serios de la dramaturgia hispánica”. En similares términos se referirán al drama de Wolff, León Lyday en la serie nueve dramaturgos hispanoamericanos, antología del siglo XX, que incluye parte su obras, destacando la trilogía compuesta por Los Invasores (1963) Flores de papel (1970) y La balsa de la Medusa (1984) obras que logran conjugar el más crudo realismo con el plano del inconsciente sin abandonar jamás los límites de lo verosímil y una poderosa relación dialéctica con el lector y espectador, que debe tras la lectura o disfrute del montaje, reevaluar su código axiológico y responsabilidad social.

Al respecto, Osvaldo Obregón encargado de incluir la historia de Lucas Meyer, Los Invasores, en la antología, Tétre latino-americaine contemporaine (1940-1990) señala que “la gran cantidad de representaciones que consigue la obra alrededor del continente y el globo, es en virtud del admirable talento del escritor, capaz de representar el contraste entre la opulencia y miseria con una condenación explicita a la situación humana y mundial”. A ello hay que añadir el gran manejo estético y el desarrollo de técnicas que evidencian el carácter erudito de Wolff abarcador de muchas líneas creativas del arte y las letras.

Su trabajo nos pasea de forma versátil por distintas corrientes, expandiendo la opinión que la crítica ha sostenido al juzgar su obra como neo-realista o tributaria del realismo social psicológico. Si bien esa es una buena base para entender el carácter formal, retaguardista y conservador de parte del trabajo de Egon Wolff, pues el mismo reconoce sobre este: “yo vengo de una época en que el teatro tenia una estructura identificable, un símil con la realidad, el teatro era verosímil” (…) pese a tales declaraciones que se aúnan a su perspectiva crítica y celosa relativa a la puesta en escena de su trabajo, lo cual se contrapone al teatro actual, que es de superficies textuales, abiertas al ánimo del director, su creación no muere y se cierra en el hermetismo de la voz autoral, su contexto y la univocidad. Estos textos como verdaderos clásicos, se han vuelto realidades autotélicas, independientes y en ese grado, despliegan en su lectura un desafío que permite ricos debates con la teoría actual y las nuevas problemáticas de género, poder y heteroglosia. Eduardo Thomas en este campo destaca los niveles miméticos de la representación y la intertextualidad en la obra Cicatrices de 1994, lo cual permite cuestionar los marcos taxativos del realismo tradicional.

En un contrahaz al tecnicismo, el mero divertimento no emerge como la opción de Wolff, sus obras como él señala, ponen en evidencia el precario equilibrio del hombre, de su individualidad y a la vez del carácter gregario que nos hace animales políticos. La dramaturgia para Egon, es su forma de poner en evidencia esa homeostasis, la ruptura que hay entre el mundo privado y público, en el nos acomodamos y buscamos subsistir, Wolff entonces, quiere indagar en la pasividad, en los irresolutos en las piezas oscuras y abandonadas, abriendo a través del teatro puertas y ventanas, su arte es invasor, disruptor, por ello, siempre hay en sus hijos literarios, gente solitaria, familias en conflicto, seres al borde del abismo, escapando de la violencia, viviendo la represión, agotando el silencio ante la asfixia que consume. El orden aparece como neurosis y el caos como libertinaje, como armonía y la locura grita sin control desde el abismo que rehusamos ver para no ser consumidos.

“Desde muy niño y en distintas circunstancias de mi vida, me ha producido una suerte de encantamiento el descubrir el fascinante desdoblamiento de la personalidad que somos capaces de desarrollar los seres humanos, cada vez que debemos enfrentar nuestra alma privada con el ojo público”

Dice Wolf, semejante compromiso con la humanidad, con su arte e ideario personal lo han hecho blanco de los grandes discursos hegemónicos de su tiempo, los empresarios lo veían como una amenaza, los bloques comunistas pedían una resolución más drástica y explicita para sus obras, para Wolff, la solución no es política sino de catarsis moral, un llamado al perfeccionamiento humano.

El autor, no pierde el hilo conductor y la idea moral, teje cada voz contrapuesta y la construcción de un mundo en las acotaciones. Lo simbólico y el mundo onírico, lo expresionista, lo pictórico, el mundo del vodevil, del clown o payaso miserable que recuerda a otro grande del teatro Beckett o al padre de la patafísica, Jarry, pues Wolf maneja el absurdo, mas nunca deja que una ideología o tendencia lo gobierne, su trabajo remite a una idea personal, bajo una catarsis violenta de irrefrenable choque.

En definitiva, las obras de Wolff están cargadas de extrema sinceridad no sólo en la construcción acertada de los diálogos y la función de los acontecimientos, sino en el cuestionamiento filosófico que hace al penetrar en las represiones y culpas, en los miedos y pesadillas que desfiguran de manera grotesca, esperpéntica por llamar de algún modo la realidad interior de sus personajes en conflicto.

La autora Carola Oyarzun, realiza un gran trabajo sobre la concepción visual del autor, y como el grotesco, el expresionismo y la écfrasis como recurso de estilo, dota al autor de una interdiscursividad que comunica la literatura con la otra pasión de Wolff, la pintura. Esto podemos verlo en su obsesión por el diseño de espacios y vestuarios que en el lenguaje de acotaciones reatoalimenta las voces de los actantes y nos sitúa en verdaderos mundos sacados de la mente de Goya, Bacon, Munch o Ernst,. Estos espacios cerrados y periféricos junto a lo social lo vinculan además a otro grande de nuestras letras, José Donoso, lo cual no es mera coincidencia, ambos pertenecen a la prolífica generación en la cual se cuentan otros narradores como Lafourcade y Blanco y poetas como : Lihn y Teillier.

De manera que el inicio del Teatro de Wolff, cronológicamente podemos rastrearlo a mediados de la década del cincuenta, ese periodo para los especialistas fue un momento de gran importancia en la historia teatral del país, pues hubo un surgimiento importante de dramaturgos y las bases tanto actorales como en el montaje se vieron reafirmadas por el apoyo universitario. Wolff en ese panorama, jugó un papel crucial, que junto a todo lo expuesto se condice de manera natural con la cantidad enorme de estudios que hay en torno a su trabajo, reconocimientos internacionales, inclusión en antologías clave del teatro y recopilaciones que se realizan para mantener vigente y en constante difusión su obra por la pertinencia y calidad que sostiene. Puesto en escena en Europa, Norteamérica, en distintos países del Continente y en Oriente, la obra de Wolff, nos demanda la tarea de buscarlo, indagar en la profundidad de sus ideas y seguir poniendo sobre las tablas, sus obras, a fin de estimular el ojo y la consciencia pública, que se resiste muchas veces a sentir y pensar.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo

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La agonía del Rasu-Ñiti

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José María Arguedas
( 1911 - 1969 )
La agonía del Rasu-Ñiti


Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación, era uniforme. No podía afirmarse que fuera oscuridad; era posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana; los cuyes, cuando salían algo espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La habitación era ancha para ser vivienda de un indio.

Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza, sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía para subir a la troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas negras subían sobre la corteza del lambras que aún exhalaba perfume.

—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cascada de Saño. ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ “Rasu-Ñiti”1 .

Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba su traje de dansak’ y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la mano derecha y empezó a tocar las tijeras.

Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle, en el pequeño corral de la casa, se sobresaltaron.

La mujer del bailarín y sus dos hijas que desgranaban maíz en el corredor, dudaron.

— Madre ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la montaña? —preguntó la mayor.
—¡Es tu padre! —dijo la mujer.

Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes menudos.

Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitación.

“Rasu-Ñiti” se estaba vistiendo. Sí. Se estaba poniendo la chaqueta ornada de espejos.

— ¡Esposo! ¿Te despides? — preguntó la mujer, respetuosamente, desde el umbral. Las dos hijas lo contemplaron temblorosas.
—El corazón avisa, mujer. Llamen al “Lurucha” y a don Pascual. ¡Qué vayan ellas!

Corrieron las dos muchachas.

La mujer se acercó al marido.

—Bueno. ¡Wamani2 está hablando! —dijo él— Tú no puedes oír. Me habla directo al pecho. Agárrame el cuerpo. Voy a ponerme el pantalón. ¿Adónde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro del cielo.
—Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está!
Sobre el fuego del sol, en el piso de la habitación, caminaban unas moscas negras.
—Tardará aún la chiririnka3 que viene un poco antes de la muerte. Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su fuerza, porque voy a estar bailando.

Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la escalera y en los hombros de su mujer. Se calzó las zapatillas. Se puso el tapabala y la montera. El tapabala estaba adornado con hilos de oro. Sobre las inmensas faldas de la montera, entre cintas labradas, brillaban espejos en forma de estrella. Hacia atrás, sobre la espalda del bailarín, caía desde el sombrero una rama de cintas de varios colores.

La mujer se inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba ya vestido con todas sus insignias! Un pañuelo blanco le cubría parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela roja del pantalón, ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en la sombra del tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran dansak’ “Rasu-Ñiti”, cuya presencia se esperaba, casi se temía, y era luz de las fiestas de centenares de pueblos.

—¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? —preguntó el bailarín a su mujer.

Ella levantó la cabeza.

—Está —dijo—. Está tranquilo.
—¿De qué color es?
—Gris. La mancha blanca de su espalda está ardiendo.
—Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los tipis de maíz del corredor! ¡Anda!

La mujer obedeció. En el corredor de los maderos del techo, colgaban racimos de maíz de colores. Ni la nieve, ni la tierra blanca de los caminos, ni la arena del río, ni el vuelo feliz de las parvadas de palomas en las cosechas, ni el corazón de un becerro que juega, tenían la apariencia, la lozanía, la gloria de esos racimos. La mujer los fue bajando, rápida pero ceremonialmente.

Se oía ya, no tan lejos, el tumulto de la gente que venía a la casa del bailarín.

Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había tropezado en el campo y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron el corredor. Fueron a ver después al padre.

Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba, porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían para alumbrarlo; su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores del traje y la rigidez de los músculos.

—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó la mujer a la mayor de sus hijas.

Las tres lo contemplaron, quietas.

—No —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oir todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había pronunciado las palabras en voz bajísima—. ¡Sí oye! También lo que las patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre ti. Oye también el crecimiento de nuestro dios que va a tragar los ojos de ese caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo él es sólo excremento de borrego!

Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la fina voz del acero era profunda.

—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! —dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre. El Wamani las hace chocar. Tu padre sólo está obedeciendo.

Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos, en sus dedos y las hace chocar. Cada bailarín puede producir en sus manos con ese instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta fuego: depende del ritmo, de la orquesta y del “espíritu” que protege al dansak’.

Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el hervor de su sangre durante las figuras de la danza dependen de quién está asentado en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y lanza barretas con los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o camina en el aire por una cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre del pueblo.

Yo vi al gran padre “Untu”, trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada. El padre “Untu” aparecía negro bajo la luz incierta y tierna; su figura se mecía contra la sombra de la gran montaña. La voz de sus tijeras nos rendía, iba del cielo al mundo, a los ojos y al latido de los millares de indios y mestizos que lo veíamos avanzar desde el inmenso eucalipto de la torre. Su viaje duró acaso un siglo. Llegó a la ventana de la torre cuando el sol encendía la cal y el sillar blanco con que estaban hechos los arcos. Danzó un instante junto a las campanas. Bajó luego. Desde dentro de la torre se oía el canto de sus tijeras; el bailarín iría buscando a tientas las gradas en el lóbrego túnel. Ya no volverá a cantar el mundo en esa forma, todo constreñido, fulgurando en dos hojas de acero. Las palomas y otros pájaros que dormían en el gran eucalipto, recuerdo que cantaron mientras el padre “Untu” se balanceaba en el aire. Cantaron pequeñitos, jubilosamente, pero junto a la voz del acero y a la figura del dansak’ sus gorjeos eran como una filigrana apenas perceptible, como cuando el hombre reina y el bello universo solamente, parece, lo orna, le da el jugo vivo a su señor.

El genio de un dansak’ depende de quién vive en él: ¿el “espíritu” de una montaña (Wamani); de un precipicio cuyo silencio es transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y “condenados” en andas de fuego? O la cascada de un río que se precipita de todo lo alto de una cordillera; o quizás sólo un pájaro, o un insecto volador que conoce el sentido de abismos, árboles, hormigas y el secreto de lo nocturno; alguno de esos pájaros “malditos” o “extraños”, el hakakllo, el chusek, o el San Jorge, negro insecto de alas rojas que devora tarántulas.

“Rasu-Ñiti” era hijo de un Wamani grande, de una montaña con nieve eterna. Él, a esa hora, le había enviado ya su “espíritu”: un cóndor gris cuya espalda blanca estaba vibrando.

Llegó “Lurucha”, el arpista del dansak’, tocando; le seguía don Pascual, el violinista. Pero el “Lurucha” comandaba siempre el dúo. Con su uña de acero hacía estallar las cuerdas de alambre y las de tripa, o las hacía gemir sangre en los pasos tristes que tienen también las danzas.

Tras de los músicos marchaba un joven: “Atok’ sayku”4, el discípulo de “Rasu-Ñiti”. También se había vestido. Pero no tocaba las tijeras; caminaba con la cabeza gacha. ¿Un dansak’ que llora? Sí, pero lloraba para adentro. Todos lo notaban.

“Rasu-Ñiti” vivía en un caserío de no más de veinte familias. Los pueblos grandes estaban a pocas leguas. Tras de los músicos venía un pequeño grupo de gente.

—¿Ves “Lurucha” al Wamani?— preguntó el dansak’ desde la habitación.
—Sí, lo veo. Es cierto. Es tu hora.
—¡“Atok’ sayku”! ¿Lo ves?

El muchacho se paró en el umbral y contempló la cabeza del dansak’.

—Aletea no más. No lo veo bien, padre.
—¿Aletea?
—Sí, maestro.
—Está bien. “Atok’ sayku” joven.
— Ya siento el cuchillo en el corazón. ¡Toca! —le dijo al arpista.

“Lurucha” tocó el jaykuy (entrada) y cambió enseguida al sisi nina (fuego hormiga), otro paso de la danza.

“Rasu-Ñiti” bailó, tambaleándose un poco. El pequeño público entró en la habitación. Los músicos y el discípulo se cuadraron contra el rayo de sol. “Rasu-Ñiti” ocupó el suelo donde la franja de sol era más baja. Le quemaban las piernas. Bailó sin hervor, casi tranquilo, el jaykuy; en el “sisi nina” sus pies se avivaron.

—¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando! —dijo “Atok’ sayku”, mirando la cabeza del bailarín.

Danzaba ya con brío. La sombra del cuarto empezó a hen-chirse como de una cargazón de viento; el dansak’ renacía. Pero su cara, enmarcada por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la mano izquierda agitaba el pañuelo rojo, como si fuera un trozo de carne que luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se percibía mejor el ritmo de la danza. “Lurucha” había pegado el rostro al arco del arpa. ¿De dónde bajaba o brotaba esa música? No era sólo de las cuerdas y de la madera.

—¡Ya! ¡Estoy llegando! ¡Estoy por llegar! —dijo con voz fuerte el bailarín, pero la última sílaba salió como traposa, como de la boca de un loro.

Se le paralizó una pierna

—¡Está el Wamani! ¡Tranquilo! —exclamó la mujer del dansak’ porque sintió que su hija menor temblaba.

El arpista cambió la danza al tono de Waqtay (la lucha). “Rasu-Ñiti” hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó en dirección del rayo de sol que se iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero con el rostro aún más rígido y los ojos más hundidos, pudo dar una vuelta sobre su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indiferentes; porque antes miraba como en abstracto, sin precisar a nadie. Ahora se fijaron en su hija mayor, casi con júbilo.

—El dios está creciendo. ¡Matará al caballo! —dijo.

Le faltaba ya saliva. Su lengua se movía como revolcándose en polvo.

—¡“Lurucha”! ¡Patrón! ¡Hijo! El Wamani me dice que eres de maíz blanco. De mi pecho sale tu tonada. De mi cabeza.

Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las tijeras. La otra pierna se le había paralizado.

Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como un pendón de chichería en los meses de viento.

“Lurucha”, que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu (río de sangre), paso final que en todas las danzas de indios existe.

El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el corral ni en los campos más lejanos. ¿Las gallinas y los cuyes sabían lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?

La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en sus brazos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz de colores. Lo depositó en el suelo. Un cuy se atrevió también a salir de su hueco. Era macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojísimos revisó un instante a los hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.

“Rasu-Ñiti” vio a la pequeña bestia. ¿Por qué tomó más impulso para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran río turbio, del yawar mayu éste que tocaban “Lurucha” y don Pascual? “Lurucha” aquietó el endiablado ritmo de este paso de la danza. Era el yawar mayu, pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las primeras lluvias; ríos, de las proximidades de la selva que marchan también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan todos los polvos y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ríos van entre montañas bajas, oscuras de árboles. No como los ríos de la sierra que se lanzan a saltos, entre la gran luz; ningún bosque los mancha y las rocas de los abismos les dan silencio.

“Rasu-Ñiti” seguía con la cabeza y las tijeras este ritmo denso. Pero el brazo con que batía el pañuelo empezó a doblarse; murió. Cayó sin control, hasta tocar la tierra.

Entonces “Rasu-Ñiti” se echó de espaldas.

—¡El Wamani aletea sobre su frente! —dijo “Atok’ sayku”.
—Ya nadie más que él lo mira —dijo entre sí la esposa—. Yo ya no lo veo.

“Lurucha” avivó el ritmo del yawar mayu. Parecía que tocaban campanas graves. El arpista no se esmeraba en recorrer con su uña de metal las cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas. Las cuerdas de tripa. Pudo oírse entonces el canto del violín más claramente.

A la hija menor le atacó el ansia de cantar algo. Estaba agitada, pero como los demás, en actitud solemne. Quiso cantar porque vio que los dedos de su padre que aún tocaban las tijeras iban agotándose, que iban también a helarse. Y el rayo de sol se había retirado casi hasta el techo. El padre tocaba las tijeras revolcándolas un poco en la sombra fuerte que había en el suelo.

“Atok’ sayku” se separó un pequeñísimo espacio, de los músicos. La esposa del bailarín se adelantó un medio paso de la fila que formaba con sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron más rígidos. ¿Qué iba a suceder luego? No les habían ordenado que salieran afuera.

—¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó “Atok’ sayku”, mirando.

“Rasu-Ñiti” dejó caer las tijeras. Pero siguió moviendo la cabeza y los ojos.

El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon (el borde del rayo). Todo en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El violín no lo pudo seguir. Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del pequeño público, con el arco y el violín colgándole de las manos.

“Rasu-Ñiti” movió los ojos; la córnea, la parte blanca, parecía ser la más viva, la más lúcida. No causaba espanto. La hija menor seguía atacada por el ansia de cantar, como solía hacerlo junto al río grande, entre el olor de flores de retama que crecen a ambas orillas. Pero ahora el ansia que sentía por cantar, aunque igual en violencia, era de otro sentido. ¡Pero igual en violencia!

Duró largo, mucho tiempo, el “illapa vivon”. “Lurucha” cambiaba la melodía a cada instante, pero no el ritmo. Y ahora sí miraba al maestro. La danzante llama que brotaba de las cuerdas de alambre de su arpa, seguía como sombra el movimiento cada vez más extraviado de los ojos del dansak’; pero lo seguía. Es que “Lurucha” estaba hecho de maíz blanco, según el mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el arpa y las manos del músico funcionaban juntos; esa música hizo detenerse a las hormigas negras que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a veces guarda un silencio cuyo sentido sólo alguien percibe. Esta vez era por el arpa del maestro que había acompañado al gran dansak’ toda la vida, en cien pueblos, bajo miles de piedras y de toldos.
“Rasu-Ñiti” cerró los ojos. Grande se veía su cuerpo. La montera le alumbraba con sus espejos.

“Atok’ sayku” salió junto al cadáver. Se elevó ahí mismo, danzando; tocó las tijeras que brillaban. Sus pies volaban. Todos estaban mirando. “Lurucha” tocó el lucero kanchi (alumbrar de la estrella), del wallpa wak’ay (canto del gallo) con que empezaban las competencias de los dansak’, a la media noche.

—¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi pecho, aleteando! —dijo el nuevo dansak’.

Nadie se movió.

Era él, el padre “Rasu-Ñiti”, renacido, con tendones de bestia tierna y el fuego del Wamani, su corriente de siglos aleteando.

“Lurucha” inventó los ritmos más intrincados, los más solemnes y vivos. “Atok’ sayku” los seguía, se elevaban sus piernas, sus brazos, su pañuelo, sus espejos, su montera, todo en su sitio. Y nadie volaba como ese joven dansak’; dansak’ nacido.

—¡Está bien! —dijo “Lurucha”—. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol del medio día en el nevado, brillando.
—¡No lo veo! —dijo la esposa del bailarín.
—Enterraremos mañana al oscurecer al padre “Rasu-Ñiti”.
—No muerto. ¡Ajajayllas! —exclamó la hija menor—. No muerto. ¡Él mismo! ¡Bailando!

“Lurucha” miró profundamente a la muchacha. Se le acercó, casi tambaleándose, como si hubiera tomado una gran cantidad de cañazo.

—¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita cóndor! ¡Dansak’ no muere! — le dijo.
—Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.

(1961)


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Anverso Literario: Kenzaburo Oe, Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura.

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Apostillas sobre algunas obras de Nobeles Literarios - Segunda Entrega: Kenzaburo Oe, Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura.

La obra del nipón Kenzaburo Oe busca constituirse como una historia universal y acabada que se sitúa de manera original en el recorrido de pasajes solitarios en torno a una conciencia aún despierta al abrupto cambio cultural que ha sufrido su nación y que por ende, es protagonista de la fragmentación valórica de la misma.

El hombre gordo, protagonista o actante principal de la obra, “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura” es un testigo presente de la forja incierta del futuro y víctima de las represiones pretéritas; producto ineludible de los errores y secretos familiares o comunitarios que generan vacíos y escamoteos extremos en una identidad, en este caso, la deshonra, la traición, la violencia y la mentira.

El rol del gordo, indispensable dentro de una alegoría antropológica como la de Oe, ve su acción delimitada en la conducta medianamente imparcial que este sostiene. Todavía no ha sido devorado por la alienante vorágine de consumo como Mori, su hijo enfermo y en apariencia, incapaz de entablar un vínculo concreto con la realidad actual y más aún, con la pasada. A diferencia de este, el gordo se halla dentro de sus facultades, es capaz de comunicarse con su entorno ya sea en forma retroactiva como proyectiva, por tanto, todavía tiene asiento en lo racional y esta gravemente atado a lo que fue y por mucho que se resista a ser como sus progenitores, el gordo es en gran medida víctima y efecto de las estructuras represivas de esa tradición, lo cual cierra el círculo metafórico de la fábula con el fantasma y sombra de infamia paterna y la demencia senil y aberrante de una madre que lo acusa y difama, aludiendo a una locura provocada por una sífilis contraída en el extranjero.

Bajo esos lindes, se desarrolla una historia en el margen inestable del absoluto y el incierto, posicionándonos en la crisis misma de la postmodernidad. Esta condición destruye el feudo racional y nos empuja al descreimiento y desfiguración de los valores jerárquicos, los tabúes y las máximas canonizadas que sustentan lo que se denomina equilibrio social o armonía para el inconsciente colectivo.

Oe plantea en sus páginas, la superación del placebo social que por largo tiempo sostuvimos como correas y represión a fin de mantener cohesionadas o mejor dicho coaccionadas las voluntades. Éramos tributarios de una razón social, de una causa y fin, de un sentido de propiedad y de valores absolutos. En tal grado, el tema último de este tratado ficcional sobre la insanidad, es la demencia que todos compartimos y heredemos y en la cual nos vemos atrapados, ya sea por causas que arrastramos o que no sabemos como enfrentar por temor a la repetición de fracasos o por la misma incomunicación que no somos capaces de soslayar en nuestras relaciones.

madness.jpg Con la irrupción de una realidad paródica y deforme como Mori, se desnuda en extremo la incapacidad de hablar mas no de transmitir el autismo y gravar a otros con expectativas que oponen su carga sobre el pasado y presente. El hombre gordo o Japón, si queremos verlo así, se vuelve a causa de Mori, el puente perdido y frágil que busca desesperadamente, ya sea por altruismo, piedad o inercia, reconciliar estos dos universos paralelos sumamente desconectados. Los abuelos y nietos. La brecha generacional de cualquier forma se vuelve una cárcel, y el gordo esta en ese abismo como una existencia posicionada en los infranqueables límites de la desesperación.

Ese sentir abre heridas y dinamita vasos comunicantes entre un pasado cultural, llámese Japón feudal, lleno de ritualismos y códigos, en este caso fantasmas que se estructuran bajo el discurso de la madre, su silencio, sus agravios, sus amenazas, su afán de no revelar la verdad paterna, la crisis al interior de la familia, las mentiras y conspiraciones, ante un discurrir antagónico; la urbe en desarrollo, truncada en su posibilidades mientras no deshilvane su crisis, esos tumores que pueden rastrearse en el curso de la nación desde la bomba nuclear y su sumisión a otros imperios, en este caso los del capital que deforman su apariencia y capacidad de sustento autónomo, nos referimos al hijo, el pequeño niño gordo, ensimismado, mudo, que sólo se comunica con este ser semi-fragmentado que es el hombre gordo al cual le urge su grasa, esa obesidad, gran escollo en su búsqueda final de una respuesta que aclare el panorama que anhela no sólo él, sino el andamiaje colectivo al unir esos fragmentos o trozos indefinibles; remanentes represivos del ayer con el curso actual de la historia, pues si bien son piezas limitadas, no dejan de ser su única ventana al interior de su ser y al vínculo con el futuro que Mori, tristemente representa, al ser limitado e incapaz de sobrevivir, desinformado y desvinculado de los mecanismos axiológicos que permitieron por siglos sustentar a la humanidad, a su cultura.

El gordo quiere reivindicar y reconstruir este camino y ser el sostén de su hijo, para ello se desenvuelve en una realidad que muestra elementos de gran trivialidad, pero significativos. El reemplazar el sake por Pepsi, expone las grietas en la identidad, un presente sin rumbo, sin vísceras, inconsciente, y deforme, parodia inútil de lo que fue.

La riqueza narrativa de Oe, logra sin duda concretar una metáfora social exquisita, situada en el campo de la desrealización de una comunidad y la crisis que implica la adopción y desfiguración de arquetipos y paradigmas artificiales guiados por el capital. Una excelente pieza que sin embargo, no logra la universalidad con el lector. Su historia innegablemente plantea la situación presente y en desarrollo de las comunidades que alrededor del globo, han entrado al tráfico comercial exponiéndose al bombardeo mediático. En estas, debemos incluirnos y comprender como se destruye y reinventa el lenguaje y en tal grado la lógica, la cultura y los estamentos tal como los conocimos y si bien, estas vías alternas de pensamiento y acción, no son del todo negativas al ser salidas al chauvinismo y una apertura a nuevos modelos comunitarios, a veces más tolerantes. La crisis nos es menor pues involucra la descolocación y descentramiento de una gran masa social. Consciencias y espíritus edificados en base a una rigidez cultural.

Sin embargo “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura”, muy circunscrita a la realidad y cosmovisión oriental y más específicamente a la japonesa de postguerra, sitúa al hombre gordo como un producto fiel de su medio, del devenir histórico. Obviamente ese transcurso no esta desvinculado de nosotros y el resto, el impacto mundial de Hiroshima es ineludible así como el hecho de que en mayor grado, como ellos, servimos de simples proveedores o basureros de la tecnología y cultura de consumo. Empero, la trama termina por volverse muy local, gravita en torno al pasado imperial de ese país y su crisis aun no superada en torno al ya mentado dilema nuclear. Podríamos hacer la analogía común con el tema de la conquista ibérica para los escritores continentales o a nivel nacional, refiriéndonos al golpe del 73, o el holocausto para los escritores judíos.

La inventio se vuelve un tópico y desde ese punto un refrito. Descendencias con malformaciones genéticas y miedos que se traspasan generacionalmente, una locura compartida y personalísima, que Oe demuestra no es privativa de su país y gente. Sino una endemia psicológica que nos fuerza a palear la locura y hacerla más llevadera. Esa situación, junto con el desarrollo del tema y el manejo del monólogo en tres estadios de concreción patológica, le dan un gran valor a su trabajo, reafirman su don narrativo, mas el desarrollo, probablemente por nuestros esquemas occidentales, es muy aséptico dentro de su ánimo carnavalesco y grotesco. Se torna distante, frió, impersonal, muy focalizado y en momentos casi anecdótico. Uno no llega a tomar por completo el peso a todo el potencial de la historia, más aun cuando el lector se anticipa a ciertos eventos.

Sin embargo la obra esta abierta a más de una lectura, la presente no es ni pretende de forma exclusiva cortar los límites de interpretación del texto, sin embargo considero es una exageración editorial el señalar que Oe es el sucesor directo de Dostoyevski, esta obra bien podría ser un capítulo perdido en una obra del ruso. Los soliloquios de Fiódor logran anticiparse a su tiempo y aún siguen siendo de manera irrestricta y verdaderamente universal con o sin premios encima, el continente que envuelve la decrepitud moral, la ambivalencia del juicio, la relatividad completa del axioma humano en todas sus dimensiones, y es que el tema de Oe a diferencia del discurso literario del ruso, si bien goza de un tratamiento peculiar y refrescante, sobre todo por los vasos comunicantes que su cosmovisión puede entablar con la nuestra considerando además que fue escrita a mediados de los setenta (en esa medida se rescata su posibilidad de trascender a su medio inmediato), fuera de lo intercultural; el hombre gordo es tan sólo una metáfora sociológica de un Japón escindido como cualquier otra comunidad global hoy en día. Periodo en que las culturas más tradicionales o cerradas, se debaten ante la avanzada tecnológica y el imperio del mass media y sus arquetipos, viendo como sus descendientes pierden cada vez, de forma más vertiginosa, toda relación y adhesión a lo que estos evidencian como un pasado de gloria y la forma más autentica de hallar una ligazón o férrea constitución valórica y de pensamiento.

Un gran ejercicio narrativo, con puntos altos, con elementos desafiantes y novedosos para el lector promedio, pero una desilusión para quienes esperan que un nobel (aunque este y ningún premio en realidad, sea garantía de calidad), al menos refleje mayormente el tan mentado slogan de ”a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal” Sobre todo si se le carga con la osada valoración critica y editorial de alcanzar el genio de Faulkner y Dostoyevski.


Autor: Daniel Rojas

Publicado en: Cinosargo


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Daniel Rojas: Estudioso y Difusor de la Palabra




Daniel Rojas: Estudioso y Difusor de la Palabra

Categorías: Columna - Cultura - Nacional

Nota aparecida en el transcurso de la semana en distintos diarios digitales del país como: El Observatodo, el Naveghable, el Repuertero, el Rancahuaso, La opiñón y el Amaule.



Daniel Rojas Pachas es un excelente estudioso de la literatura. Sus textos llenos de sabiduría ya se han hecho una constante en diversos medios digitales. Por: José Martínez Fernández.

Escrito por José Martínez Fernández

Hará ya algunos meses un artículo literario publicado en El Morrocotudo me sorprendió. Mostraba el texto alta calidad en el uso lexical; además de un conocimiento literario importantísimo: Varios autores salían citados y existía un estudio inteligente de las obras de esos creadores.

Lo firmaba Daniel Rojas y al lado de su nombre estaba una fotografía suya. Era joven, muy joven. Mayor sorpresa aún para mí. Un cronista que empezaba nos mostraba un camino de sabiduría.

Pero una vez, es una. Sin embargo siguieron apareciendo artículos firmados por Daniel Rojas, y todos, TODOS, tenían una altísima calidad escritural y seguían mostrando conocimientos mayores.

Más tarde supe más de Daniel Rojas. Su segundo apellido era Pachas, y era, profesor de Castellano.

No he leído completa todas las crónicas de Daniel Rojas Pachas. Por falta de tiempo, por carecer de Internet en casa. Pero le he revisado bastante sus textos que ahora se publican en varios diarios digitales.

Y siempre, SIEMPRE, estoy encontrándome con su sabiduría. Creo que está destinado a ser uno de los grandes estudiosos que Chile le dará a la literatura.

Hombre joven, gentil, recién lo vine a conocer personalmente a comienzos de julio en Arica. No lo he vuelto a ver. Ni en los días siguientes que estuve en mi tierra, y menos ahora, que estoy en Perú.

Pero suelo leerlo con constancia en los medios digitales y en la excelente revista literaria que creó en el mundo de Internet.

A quienes quieran estar al día con las palabras de autores de muchas partes del mundo y de diferentes épocas yo recomiendo esa revista: www.cinosargo.cl.kz

Es un extraordinario aporte a la literatura.

Daniel Rojas Pachas es, sin lugar a dudas, el mejor estudioso literario que ha surgido en el norte de Chile en el último lustro. Y –aparte de esa gracia- es un buen poeta.



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Estrenamos nuestro tercer número de Cinosargo


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HEMOS CUMPLIDO NUESTRO TERCER MES DE EXISTENCIA, POR TANTO, ENTREGAMOS EN FORMATO PDF NUESTRO TERCER NÚMERO DE CINOSARGO, EDICIÓN JULIO 2008.


CINOSARGO EDICIÓN DE JUNIO 2008 NÚMERO II. LEER O DESCARGAR


EN LA REVISTA ENCONTRARÁ EL CONTENIDO MÁS RELEVANTE DE ESE PERIODO, PRESENTE EN LA WEB www.cinosargo.cl.kz PERO ESTRUCTURADO BAJO LA MODALIDAD TRADICIONAL DE PUBLICACIÓN PARA SU LECTURA, MANEJO Y DIFUSIÓN. EL RESTO DEL CONTENIDO, LOS 285 ARTÍCULOS LOS PUEDE REVISAR EN:

Edición de Julio 285 notas

(leer)



EN CUANTO A LOS NÚMEROS ANTERIORES


CINOSARGO EDICIÓN JUNIO 2008 NÚMERO NÚMERO I. LEER O DESCARGAR

EDICIÓN DE JUNIO 192 NOTAS (leer)


CINOSARGO EDICIÓN MAYO 2008 NÚMERO 0. LEER O DESCARGAR.

EDICIÓN DE MAYO 50 NOTAS : (leer)



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Semblanzas Profundas: Edición Especial número 25

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Han pasado seis meses desde que empezara la sección Semblanzas Profundas, en ese lapso, de forma ininterrumpida he revisado la trayectoria de más de dos docenas de autores nacionales, de preferencia del norte grande, analizado el rol difusor de revistas y antologías y cubierto actividades como la fiesta del libro del presente año. A la par, hemos inaugurado con el comité editorial del Morrocotudo, otras secciones como Anverso Literario dedicada al ámbito universal y de forma independiente, hemos dado origen a la revista Cinosargo. Revista Virtual cuya motivación surge desde nuestra región con redactores y colaboradores en todo Chile y el mundo. En menos de tres meses, esta ha logrado un exitoso recibimiento en la red.

Arduo y gratificante trabajo que se complementa con la cobertura de lanzamientos de libros y actividades culturales en torno a las letras, foros, jornadas de fomento a la lectura y recitales de poesía. Lo cual demuestra el valor que tiene el periodismo ciudadano, al dedicar un espacio real, extenso y merecido al quehacer creativo

Autor: Daniel Rojas.

Publicado en Cinosargo

Esta semana en lugar de una nota número 25, vamos a dejarlos con una lista que vincula los 24 artículos realizados hasta la fecha, en Semblanzas Profundas. Ello, a fin de retomar con más fuerza la sección, en una tercera temporada.


Primera Temporada.

Semblanzas Profundas: Roberto Flores Salgado.

Flores Salgado, narrador erudito con una importante biblioteca a cuestas, es capaz de conjugar la tradición y vanguardia e inscribirse con éxito en un Neo-realismo que demuestra ricos elementos estructurales y narratológicos. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Carlos Morales Fredes.

Carlos Morales Fredes es un escritor afincado en la región. Desde hace unos años viene cultivando con talento, fuerza y perseverancia la prosa, principalmente el relato breve que domina con ingenio e ironía. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Nana Gutiérrez.

Este nana-artículo busca rescatar de los anaqueles la imagen y genio de una destacada mujer, valiente poeta, irreverente e irónica, locuaz y profunda. Rupturista, orgullo de Arica y las letras nacionales. Por Daniel Rojas


Semblanzas Profundas: Rodrigo Rojas Terán.

Su obra es una alternativa renovadora de la tradición, asentada en la edad de oro de la poesía chilena, pero desde una perspectiva moderna. La del joven hombre que conjuga lo lírico y lárico en busca de la emoción Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Tebaida y Extramuros.

Extendiendo el atiborrado canon, más allá del feudo Santiaguino, estas revistas de Arica son un referente de culto, tanto por su calidad textual y estética como por permitir el diálogo y dar aire nuevo a la poesía de Chile. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: La Voz de la Pampa.

En esta ocasión, buscamos destacar a Reinaldo Riveros Pizarro, periodista, fotógrafo, editor y gestor de La Voz de la Pampa, revista que da fiel testimonio de la tantas veces cruda vivencia del hombre, en la pampa salitrera. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Óscar Hahn.

Óscar Hahn ha realizado una labor literaria que se proyecta de forma ininterrumpida por más de 40 años y su figura brilla como una de las voces más originales y comprometidas, de la poesía hispanoamericana contemporánea. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Vertizonte.

La voz de los poetas que integran Vertizonte, demuestra una sensibilidad alterna, apropiación particular de la realidad, manejo del lenguaje en otras lindes, y propuesta estética rupturista. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: La Fiesta del Libro.

Ha sido una de las semanas del libro más productivas e importantes del último tiempo, se avizora un panorama en que consagrados y novísimos junto a las autoridades empiezan a dar marcha a una prominente vorágine cultural. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Nelson Gómez León

Nelson Gómez de fuerte carácter, visión amplia y verdad manifiesta, vislumbra al escritor, sin límites espaciales, raíces que coarten el espíritu creativo o musas que hagan la labor de ese solitario ante el papel. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Patricio Barrios Alday.

Patricio Barrios es en definitiva, un gran amante y cultor de las artes, se ha desarrollado en una gran gama de géneros, de cara al diseño y creación de obras y desde luego en la gestión y difusión cultural. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Grupo M.A.L.

M.A.L., surge como una inusual instancia para la creación y conversación, gestando renovación en el plano estético además de crítico. Autores jóvenes con formación y vivencias disímiles, el punto en común; la literatura. Por Daniel Rojas


Segunda Temporada.

Semblanzas Profundas: Gastón Herrera Cortés.

Gastón Herrera es un digno cultor y representante de nuestra región, un escritor con mucha experiencia que tiene definido su panorama creativo y una intención en lo estético y creativo, que él mismo reconoce como un desafío vital. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Raquel Pino.

Esta periodista, escritora, preocupada por la fe, la tradición, el turismo y los grandes hitos históricos, ha legado hitos a la cultura regional, razón de sobra para redescubrir y difundir su inconmensurable labor. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Rodrigo Ramos Bañados.

La propuesta del escritor y periodista Rodrigo Ramos Bañados, oriundo de Antofagasta es innovadora en lo creativo y un gran aporte en cuanto a divulgación de otros autores del Norte Grande. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: José Morales Salazar.

La figura de José Morales dentro del mapa literario del norte grande y por ende del país, se torna ineludible a la hora de revisar toda la vertiente fundacional, su rol de educador y promotor incansable de sus pares. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Marcelo Lillo

Lillo brilla por su escritura y franqueza. La inspiración se llama "una buena idea" y lo demás es trabajo. El panorama narrativo chileno le aburre por poco ambicioso y tiene una Colt 45 como destino ante el fracaso. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Poetas en Dictadura de Mayo Muñoz.

Gestada en su totalidad por el poeta y narrador nacional Mayo Muñoz, Poetas en dictadura año 1973 a 1990, es un modelo de antología. Mapa poético que comprende un conjunto visceral y emotivas voces con discursos que se presumían silenciados. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Iris Fernández Ángel.

Iris Fernández se caracteriza por un alto profesionalismo en el área de la educación, rico prontuario artístico y sagaz oficio como lectora de su tiempo y escritora de posibilidades concretas y proyectos múltiples. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Marietta Morales.

Esta escritora, tiene una enorme madurez, se haya en constante renovación y no teme experimentar, llevando su arte a niveles que coquetean con distintos discursos, lo cual le otorga una gran riqueza estilística. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Mario Bahamonde

Prosista y poeta, gran cultor de la crítica y el ensayo, Mario Bahamonde Silva es un hijo abnegado del norte Chileno, con una una heterogénea producción histórico, lingüística y literaria. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Rodolfo Herrera Tapia.

El escritor Rodolfo Herrera, es un universo poético a descubrir, su obra, es tributaria de un sentir trascendental el cual se sustenta en un corpus armónico, sucesión de palabras, juego delicado y rítmico. Por Daniel Rojas P.

Semblanzas Profundas: María Monvel.

Monvel resalta como una de las máximas exponentes continentales de la poesía femenina de principios del siglo XX y como ocurre con otros: Boris Calderón, y Omar Cáceres, hay una deuda ante la negligencia con que ha sido difundida su obra. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Mahfúd Massís.

Mahfúd Massís gran escritor nacional que nunca debemos olvidar por la maravilla de sus metáforas y la lucidez crítica de su afilado verbo. Por Daniel Rojas


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Boek861 proyecto sobre Deisler con texto de Daniel Rojas

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El presente escrito de Daniel Rojas ha sido elaborado en mayo del 2008 y gracias a la colaboración de Clemente Padín y al homenaje que el Boek861 le dedico en el 2005 podemos ilustrar el mismo con la documentación recibida.


Conociendo a Guillermo Deisler
por Daniel Rojas


Podemos señalar a Deisler como un precursor y motivador ferviente del arte y cultura, gran poeta visual, creador de imágenes, capaz de dar al lenguaje dimensiones cognoscitivas y emocionales, que van más allá de la mera significación


Leer el texto completo en nuestra Cinosargoteca o en el siguiente enlace.


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Leer el texto completo en nuestra Cinosargoteca o en el siguiente enlace.

Ver más proyectos de Poesía Visual alrededor del mundo en la web Boek861


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Anverso Literario: Juan Rodolfo Wilcock

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Escritor argentino de ascendencia europea, Juan Rodolfo Wilcock nació en 1919 y se ubica dentro del panorama literario hispanoamericano como un gran artífice e innovador del absurdo, cercano (en motivación más no en estilo) a Macedonio Fernández, prueba de ello es la Sinagoga de los Iconoclastas, creación de obsesas personalidades que desafían la frontera de lo verosimil confundiendo texto y realidad, lo cual establece un potente vaso comunicante entre Cervantes, Schwob, Pessoa y su heterónimos, Borges y Bolaño en la Literatura Nazi en América.

CHARLES CARROLL: Según Charles Carroll de Saint Louis, autor de El negro es una bestia (The Negro a Beast, 1900) y ¿Quién tentó a Eva? (The Tempter of Eve, 1902), el negro fue creado por Dios junto con los animales con el único fin de que Adán y sus descendientes no carecieran de camareros, lavaplatos, limpiabotas, encargados de letrinas y suministradores de servicios semejantes en el Jardín del Edén. Al igual que los restantes mamíferos, el negro manifiesta una especie de mente, algo entre el perro y el mono, pero está totalmente desprovisto de alma.

La serpiente que tentó a Eva era, en realidad, la camarera africana de la primera pareja humana. Caín, obligado por el padre y por las circunstancias a casarse con su hermana, rechazó el incesto y prefirió casarse con una de esas monas o criadas de piel oscura. De ese híbrido matrimonio surgieron las diferentes razas de la tierra; la blanca, en cambio, desciende de otro hijo de Adán, más serio.

Sucede, por consiguiente, que todos los descendientes de Caín carecen, al igual que su mono progenitor, de alma. Cuando la madre es negra, el hombre no puede trasmitir a su prole ni un atisbo del alma divina. Por ello, sólo la poseen los blancos. Ocurre en ocasiones que un mulato aprenda a escribir, pero el simple hecho de que Alexandre Dumas poseyera una especie de inteligencia no quiere decir que poseyera también un alma. (De la Sinagoga de los Iconoclastas)


En su narrativa breve, demuestra su capacidad de apropiarse de figuras clásicas, mitología, tópicos medievales y vanguardia con una soberbia transtextualidad, mostrando que su voz esta ampliamente influida por la trinidad compuesta por, Bioy Casares, Jorge Luís Borges y Silvina Ocampo, lo cual no implica una servilidad o sumisión a aquellos genios. Su técnica consigue estructurar piezas que bajo síntesis rigurosa, desarrollan una agudeza léxica, simbólica e imaginería que desafía sin miramientos a sus maestros.

Bajo un diseño clásico y lineal va entramando lo cotidiano y burdo del día a día. Insta a recorrer lo profano y divino y fabula en torno a lo místico e iluminado, cercándolo en los dominios de la fantasía:

Elzevar le muestra un poco cómo vuela, primero a la derecha, después a la izquierda, después le pasa sobre la cabeza y le desordena los cabellos como una brisa ligera; pero los clientes de la orilla del río exigen algo más concreto que una normal exhibición de levitación; uno le mordió el tobillo en pleno vuelo, otro calvo con peluca lo llamó sodomita y un tercero lo denunció a la policía, basándose en un artículo del Código Penal que prohíbe exaltar la seducción y otros dos artículos del Código de Navegación Aérea relativos al vuelo urbano sin documentos. Después de lo cual Elzevar tuvo que mudarse a otro recodo del río, peligrosamente frecuentado por familias y pescadores con cañas, incluso de noche. (El Ángel)

Se destaca su alta cuota de ingenio en la forma de descentrar la realidad desde una perspectiva anversa a la estética Borgiana y la postulación que este proponía al yuxtaponer mundos comunes o aproximaciones de un mismo hecho bajo ángulos y discursos disímiles y dispersos para generar efectos de irrealidad en virtud de los vacíos y ecos, los silencios y la sobre información.

Lo cierto es que pesa 375 kilos, y su volumen es adecuado a su peso. Las alas, entonces, no le sirven de nada, pesa demasiado para volar, y pueden considerarse un capricho teologal: son rígidas y lustrosas, rectas hacia arriba como las de un toro alado, pero mucho más voluminosas. Los cuernos son macizos y ambos apuntan hacia arriba y hacia adelante, como un baldaquino suspendido sobre los ojos. (Giocoso Spelli)

La retórica de Juan Rodolfo Wilcock procura imponerse por metáforas que recaen sobre lugares comunes con humildad, notable pericia y rupturismo:

Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó". (La Atlántida)

En cuanto a su poesía, hay una mixtura que revela el espíritu retaguardista de los cuarenta y la absorción consciente y privilegiada al hallarse dentro de un periodo bullente, de gran innovación y manifiestos que lo colocan como intelectual privilegiado ante las corrientes y su escalada.

Nunca la voz de un ángel

Nunca la voz de un ángel imitará tu voz
ni entre follajes trémulos repetirá mis versos,
y jamás en idénticos, cíclicos universos
volveremos a amarnos con este amor atroz.
Bajo extraños crepúsculos los otoños rosados
verán caer las hojas sobre las hojas muertas;
no nos verán pasar por las plazas desiertas:
como Corinto y Tebas seremos olvidados.
No quedará ni un signo de nuestra permanencia,
una carta, un anillo con nuestras iniciales;
nadie sabrá en las diáfanas noches equinocciales
que te amé y que me amaste con tanta vehemencia.


Entre las obras de Wilcock podemos contar: Poemas y canciones, Ensayos de poesía lírica, Persecución de las musas menores, Paseo sentimental, Los hermosos días y Sexto. Como lingüista y filólogo, dominaba varios idiomas. Por tanto una vez instalado en Italia cultivo una estrecha relación de amista y colaborativa con la intelectualidad de ese país, entre estos, Pier Paolo Pasolini. En tierra europea dio a conocer gran parte de su obra, dentro de este periodo se cuentan los relatos -de crueldad y humor infrecuentes- reunidos en Il caos (1961), La sinagoga de los iconoclastas (1972), El templo etrusco (1973) y Libro de los monstruos (1978), además de los libros de poesía Luoghi comuni (1961), Poesías españolas (1963) y Cancionero Italiano: 34 poesías de amor, En 1980 se hizo una edición póstuma de sus Poesías en este género obtuvo a lo largo de su vida, numerosas distinciones, su primer poemario obtuvo el Premio Martín Fierro de la Sociedad Argentina de Escritores.

El año 1978 Falleció, solo en Italia, esta tierra lo cautivó enormemente y sus últimos días al igual que su obra, estuvo envuelta por un halo de misticismo grecolatino, misterio y humor negro con tintes lovecraftnianos y reminiscencias a Poe, ambos cultores norteamericanos del relato de terror y fantasía. Referentes ineludibles para el arte de genero y muchos autores actuales.

La analogía no es casual, en torno a Wilcock se tejen anécdotas que dicen tenía un gato que hablaba, pero lo que realmente versa y con locuacidad mordaz es su literatura que abre la puerta grande a una tradición contemporánea de creadores latinoamericanos como Felisberto Hernández, y el ya nombrado Macedonio Fernández que hay que redescubrir y rastrear en las voces de primera línea que conquistaran Europa durante el llamado boom. Influjo que se reactualiza en la potencia creativa de los que han sucedido a estos, pues en esos nuevos caminos de creación de nuestra amada lengua, Wilcock brilla como una estrella no tan distante.

Autor: Daniel Rojas Pachas.

Publicado en: Cinosargo

Los amantes

(Texto completo)

Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.


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Jorge Luís Borges


Jorge Luis Borges


Laberinto




No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.

(De «Elogio de la sombra»)


El laberinto




Zeus no podría desatar las redes
de piedra que me cercan. He olvidado
los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes
que es mi destino. Rectas galerías
que se curvan en círculos secretos
al cabo de los años. Parapetos
que ha agrietado la usura de los días.
En el pálido polvo he descifrado
rastros que temo. El aire me ha traído
en las cóncavas tardes un bramido
o el eco de un bramido desolado.
Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
éste el último día de la espera.


El guardián de los libros




Ahí están los jardines, los templos y la justificación de los templos,
La recta música y las rectas palabras,
Los sesenta y cuatro hexagramas,
Los ritos que son la única sabiduría
Que otorga el Firmamento a los hombres,
El decoro de aquel emperador
Cuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo,
De suerte que los campos daban sus frutos
Y los torrentes respetaban sus márgenes,
El unicornio herido que regresa para marcar el fin,
Las secretas leyes eternas,
El concierto del orbe;
Esas cosas o su memoria están en los libros
Que custodio en la torre.

Los tártaros vinieron del Norte
En crinados potros pequeños;
Aniquilaron los ejércitos
Que el Hijo del Cielo mandó para castigar su impiedad,
Erigieron pirámides de fuego y cortaron gargantas,
Mataron al perverso y al justo,
Mataron al esclavo encadenado que vigila la puerta,
Usaron y olvidaron a las mujeres
Y siguieron al Sur,
Inocentes como animales de presa,
Crueles como cuchillos.
En el alba dudosa
El padre de mi padre salvó los libros.
Aquí están en la torre donde yazgo,
Recordando los días que fueron de otros,
Los ajenos y antiguos.

En mis ojos no hay días. Los anaqueles
Están muy altos y no los alcanzan mis años.
Leguas de polvo y sueño cercan la torre.
¿A qué engañarme?
La verdad es que nunca he sabido leer,
Pero me consuelo pensando
Que lo imaginado y lo pasado ya son lo mismo
Para un hombre que ha sido
Y que contempla lo que fue la ciudad
Y ahora vuelve a ser el desierto.
¿Qué me impide soñar que alguna vez
Descifré la sabiduría
Y dibujé con aplicada mano los símbolos?
Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros,
Que acaso son los últimos,
Porque nada sabemos del Imperio
Y del Hijo del Cielo.
Ahí están en los altos anaqueles,
Cercanos y lejanos a un tiempo,
Secretos y visibles como los astros.
Ahí están los jardines, los templos.


Elogio de la sombra




La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.



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Semblanzas Profundas: Mahfúd Massís

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Entonces espantaos, queridos burgueses: un día el arte no será ya necesario señalo profético el Poeta nacional Mahfúd Massís; simbolista, esperpéntico, Rokhiano constructor de letrados Apocalipsis. Massís nació el año 1916 en Iquique.

De origen árabe, de padre palestino y madre libanesa, su obra y vida, enraíza la visión occidental y el mundo de oriente sin dilaciones, sin prejuicios, nutriendo el arte con una discursividad multicultural.

La cosmogonía de espectros poetizados, construye realidades que se hilvanan con la potencia del lirismo, la musicalidad y la imagen grotesca como en un bello cuadro de Rubens.

“Soy Mahfúd Massís, el Esclavo,
el heresiarca de piel negra,
el loco, el desertor, el papanatas helado bajo la nieve.
Escondo mis dientes de cabro, mi cola de rey babilónico,
mientras camino por la ciudad, junto al angosto río.
Entre lívido aceite, mi vieja sombra atrabiliaria
atraviesa las ciénagas,
ladrando a la majestad lunar
con su obscura casaca de muerto”.

(Fragmento. Poema 3 de Elegía bajo la tierra...)


Plagado de barroquismo carnavalesco, el carácter Rabelesiano no consume y agota la obra de Massís, este no vacila y sucumbe ante lo culterano, sepultando lo social. Cruzado por una ambivalencia ética y estética, el escritor supo equilibrar, su quehacer, prueba de ello es su labor como director de la revista Polémica.

El nombre deja establecido de antemano la línea editorial de la publicación. De formato breve, sus páginas eran tributarias de artículos relativos a la contingencia política y cultural. Sociedad y ámbito literario por delante. Preocupaciones que siempre estuvieron sin tapujos, asentados en la intelectualidad que promulgaba Massis. Mente comprometida hasta la medula, visión fuerte, crítica y sin concesiones.

Algunas líneas de su prosa dura pero veraz

Es una gran desgracia que ciertas ideas no puedan reducirse a vulgares hechos de policía para encerrar a su autor en el panóptico de los delincuentes comunes, o arrastrarlo hasta el banquillo por el delito de genocidio intelectual (…) Maldición bíblica para quien exprime en sus bocas el zumo de la vid envenenada, para el negrero que impulsa la prostitución y la muerte construyendo conventillos o incita al crimen, levantando presidios, en lugar de edificios escolares. (De Asesinos de la opinión pública)

polemica.JPG En Polémica, muchos genios plasmaron su inquietud, los nombres saltan con prominencia de las páginas por ser legendarios en nuestro devenir cultural: Pablo de Rokha. La relación con este último no fue sólo de amistad y laboral, Massís estuvo casado con Lukó de Rokha, pintora destacadísima, recientemente fallecida e hija del gran poeta de Licantén.






LUKÓ: En este gran drama gregario de la vida,
cuando el espanto deposita en mi corazón su huevo obscuro,
levanto los ojos hacia ti,
como una bestia que busca algo
por encima de su condición, flor extranjera.
En este mundo solitario por el
que andamos, caminas junto a
mi por un favor de los dioses
y te seguirá mi pisada negra,
ineluctablemente, aún más allá del
Gran Pantano.



Importante miembro del clan, la obra de Massís maduró al interior de la Editorial llamada Multitud, y en innumerables ocasiones la pluma debió ser defensora de esa estirpe de artistas malditos y denostados por un país que tiende al silencio sepulcral y proselitismo literario. Massís a punto de retornar a su hogar, luego de un largo exilio, falleció en Venezuela, el año 1990.

Oficiando como agregado cultural en la tierra de Bolívar, le fue dada a conocer, la noticia de su exoneración e imposibilidad de retorno. Desde aquella patria adoptiva difundió el arte nacional y denunció como en los tiempos de Polémica, los abusos en contra de sus pares. Lo cual demuestra como en todo su crear, ya sea cultural o político, hay algo de aleccionador, de apelativo y remecedor de consciencias. Sin el burdo tamiz panfletario, Massís reconoce su actitud general contra lo establecido y el deseo de crear un libro que sirviese de bandera a su pueblo. Atravesado por el fracaso y el sino maldito de la humanidad que decae en pasión inútil y fragmentada, añade. (…)Mas sólo fui capaz de producir fragmentos salobres cargados de mi propia humanidad despedazada

Piezas que podemos reconocer desde 1942 cuando publicó Las bestias del duelo y Ojo de tormenta. Luego vendría Los sueños de Caín (Cuentos, 1953), con el obtuvo el Premio Renovación de Ministerio de Educación Pública de Chile ese mismo año prolífico para su carrera fue favorecido con el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile por su ensayo Walt Whitman, el visionario de Long Island.

El cristo de las ratones

En esta piel salvaje de llama y rocío,
de arsénico y perros de Pomeriana,
esta cabeza doliente, oscurecida por la niebla,
es la testa del Rey de los Judíos.
Desde el costado, una piedra escarlata
invade el aire fúnebre del ropero,
la noche húmeda, la noche en que caí en Versalles,
en el fondo de esta estancia como la oreja de un muerto.
Cristo pálido, pudriéndote en la alcoba,
Cristo con el espinazo quebrado,
las ratas te roen con sus verdes espadas,
con sus guadañas de ancestrales tribus.
En el desván, tus huesos desparramados,
tus muslos recogidos como el topacio oscuro,
entre frascos de creta y belladona.
Eres la increíble señal, el duelo irreconocible de los mundos,
Soy una rata más sobre tus tristes ojos,
sobre tu lengua empapada en vinagre ;
rompe por una vez tu orfebrería negra, corre al monte,
y al ácido bagual derriba entre tus patas.
Cristo de la Ratones, Cristo sangriento de la terrible capa,
desciende sobre este fariseo, bebe conmigo una alegre copa,
la copa que romperán mañana tus arcabuces,
esta copa amarilla
en la que bebo hace cuarenta años.


También debemos mencionar Elegía bajo la tierra (1955); Sonatas del gallo negro (1958); El libro de los astros apagados (1965), que obtuvo el Premio Alerce en 1964; Las leyendas del Cristo negro (1967); Testamento sobre la piedra (1971); Llanto del exiliado (1986); Este modo de morir (1988); Antología: poemas (1942-1988) publicado por la Editorial Venezolana Dialit (1990) y Papeles quemados (2001), publicado póstumamente.

Una basta producción literaria que abarcó, fundamentalmente, la poesía y el ensayo crítico, al respecto el investigador literario Nain Nomez, señala “La obra poética de Massis se desarrolla desde una raigambre existencial que privilegia temas relacionados con la muerte, el horror y la angustia, a partir de imágenes y símbolos que aluden a la oscuridad y lo demoníaco. Vinculado a una clara estirpe simbolista, sus metáforas se remontan a los pensadores presocráticos, al Libro de los muertos y a la voz profética de poetas mesiánicos como Dante, Hölderlin, Poe, Rimbaud y Kafka. Retornan también en su obra, los orígenes orientales, palestinos y libaneses, reproducidos en la violencia de las imágenes, la profusión de seres milenarios que atraviesan sus poemas y las reminiscencias ditirámbicas de su verbo. La muerte es el eje del tono angustioso de sus textos”.

Sobre su trabajo el jurista y poeta venezolano, Marco Ramírez Murzi, considerado uno de los grandes de ese país, agrega en el prologo de la antología publicada en 1990 Su poesía, que se levanta ante nosotros como una mano destructora, no es más que una Firme actitud reivindicadora de los principios esenciales del ser humano.

Dejando en claro la figuración trascendente y cósmica que hace el poeta al detallar el caos y la ruinosa condición del ser.

Mahfúd Massís gran escritor nacional que nunca debemos olvidar por la maravilla de sus metáforas y la lucidez crítica de su afilado verbo. Por ello a él este reconocimiento, pues su nombre corona esta segunda temporada de Semblanzas Profundas que cumple con esta nota, 24 ediciones y seis meses de trabajo ininterrumpido en la difusión Literaria y que mejor conclusión, que un fragmento de Palabras en el Muro, prólogo que Massís nos legó, en su libro, Elegía bajo la tierra

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo.

Palabras en el Muro

Cuando el ángel terrible embiste al poeta con su cornamenta obscura, entre la yedra y la sangre, asoma un rostro de asesino pálido, que aplica a la obra de arte su melancólico ojo de vidrio.

Al anochecer se cubre la calva; sueña con los ejemplos “olvidados” del arte de antaño y tiembla su diminuto corazón entre la manada de críticos literarios, ultramontanos y feroces.

!Animales de sangre fría! En su lecho de condenados tosen y espectoran, como muertos a quienes se olvidó enterrar, lampiños e inconclusos, pero severos, como empresarios funerales.

Apiadaos entonces del poeta, “del desarreglo de sus sentidos” (que no es sino una nueva organización de los sentidos), que preconizara un día aquel fascinante piojoso de Las Ardennas, al que nunca pudieron perdonar esos bribones!


Para un mayor conocimiento de las obra del escritor Mahfúd Massís visitar este vínculo.


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Versal

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Un Poema de Daniel Rojas.


Trans-verso delgado / ceñido / irónica y liso…
En tu piel,
blanca.
Ceniza.
Tendida.
Sabrosa bajo el rito inerme,
la caduca,
placentera…
Tarea de contemplar
y en la tarde, esa tarde desde el fondo, entre lo ignorado
((((Sabes bien está allí))))
Porque fue el segundo y el universo
Y en su abismo lleno de palabras que sobran y hacen falta,
la razón agrieta la calma en grito y
una y otra idea,
con cada furiosa mirada,
esquiva las penetrantes risas…
Esquivan la vergüenza,
la culpa,
la codicia de tu dedo y tu arte sin cara…
Aunque sabemos ambos, cual es la mentira…
y cuanto silencio reclama…
El híbrido macabro,
misterioso,
ensimismado
(((por qué no pudo ser)))
y
(((cómo sería estar allí…)))
Graficando…
Arquitectura la tela de sombras que perforan la red;
Inconexos absurdos, insondables sueños
y nuevas miradas
en cada oportunidad llena eres desgracia…
Entre cada track,
entre cada otro rostro,
entre cada paja mental
de esa gran sala…
inmunda de alteridad y miseria.
Y
los juegos adivinan- lo- notorio
Mutar a disparos, reír, muerto en la calle,
en el pasillo
En tu ir y venir por cada escalón.
Desorbitando lo gris.
Esperando lo gris.
Lo………………………………………………………………………………..¿gris?
Aburrido
Consabido, tendiente a lo mismo
y ((Circundamos el gran pardo esparcido))))))))))) ¿regado?
Envíos consumados….
…listo a volver con notas y cabellos
Desde la anchura y desvío
y nuevamente el llanto del que ignora;
Esa que duerme
Esa que no sabe
en cada palpitación,
en cada memorial de ruinas
cuando tus caderas retuercen el género desprendido de la ilusión
y frustrado… aquel que pensé, era…
Podía llegar a ser. Ya no siente la semilla, gota y magma, esclavizado por el tiempo.

Condenado yerra, duda, la soledad engullida por la máquina / con muda fuga en marcha: Y la vida y como la construye el espectador, el lector sin órbita… Desde la tortura ansiada y la bestialidad [estéril hambruna de mil cabezas germinando en los mil demonios que tengo por mañana]

Repiquetea de noche,
los terrores repetidos que surten el juego,

La catarsis de dar patadas al mundo entero y romper su enmarañanada, escrispada estupidez en cada otro segundo, de esos rostros que dicen quien eres, quien debes ser, qué debes sostener y cuán fácil es mirar y mirar y decir que se ama, que se da la vida, hasta agotar el aliento, plagando con cada respirar los comunes lugares en que la poesía de esta tierra quemada, se devora a si misma desde los genitales para seguir mirando que hay dentro y cuanto vales para ellos

esos
y no para ti

y en furia, sin gloria, escuchándolos repetir su música sin voz, carente de tono, adoleciendo la fuerza, sin agallas, sin nada, llena de algo, de todos y cenizas, cenizas, sólo queda eso… eso… tu resto…


Autor: Daniel Rojas Pachas.


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Anverso literario: El talentoso señor Joyce


Maestro de Beckett y la Generación Perdida.

El primer Periodo de Samuel Beckett, aquel en que este aún se desenvolvía en su lengua nativa (ingles) antes de esperando a Godot y la trilogía que el prefería no considerar como tal (Molloy, Malone muere y el Innombrable) estuvo indudablemente influido por la presencia de su compatriota, ese otro irlandés, gran coloso que ramificó su sabiduría de manera inaudita. James Joyce, creador de obras magnas como Dublineses y Retrato del Artista Adolescente.

Y como olvidar en su bibliografía el Ulises, la gran historia de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, obra mundo que marcó a su generación y compatriotas, entre ellos, al joven Samuel Beckett que además de ser cronista del maestro, fue su amigo, cuasi yerno y colaborador en la revisión de la que sería su última obra Finnegans Wake. La relación de aprecio era mutua, pues cuando Beckett fue apuñalado en circunstancias grotescas, casi extraídas de una de sus piezas teatrales, Joyce pago las cuentas médicas.

Empero más allá de lo extratextual, More Pricks than kicks y Murphy, primeras obras de Beckett, brillan por el influjo Joyceano y fue así, hasta el episodio que luego sería conocido como la epifanía en el claustro materno, una especie de autoexilio que le sirvió a Samuel B, para revisar su propia obra y analizar críticamente su voz poética. Esta empresa que lo llevo a abrazar un estilo antitético al de su guía espiritual, parquedad, fracaso, fragmentación e hibridismo autoreflexivo, que muchos asimilan de manera reduccionista al absurdo de Camus o al existencialismo francés y que adjetivan de manera tajante con la idea de minimalismo. Sin embargo la voz Beckettiana no se agota en una categoría, género o movimiento y para comprender mejor su evolución, carácter camaleónico y silencio, no hay que escamotear el hermetismo erudito cercano a Dante, Proust y los consejos de escribir al dictado de la sangre y no del intelecto que Joyce le diera.

Sin duda, su relación y diálogos en la Francia de principios del siglo pasado, escribió una de las más importantes páginas de la literatura contemporánea.

Mas la influencia del creador de Leopold Bloom, no se agota en su amistad y apoyo a Beckett, Joyce fue además, mentor, amigo y colaborador de toda esa generación de artistas que se lanzó presta a la primera gran guerra, con el fin de salvar la cultura que los educó sentimentalmente. Jóvenes norteamericanos que crecieron al alero de los mundos retratados por Tolstoi, Dostoievski, Hamsum y Flaubert, sin embargo, a su llegada al viejo continente, la realidad los ubicó de cara a la muerte, Hemingway casi pierde la vida como conductor de ambulancias, Dos Passos vio masacres inútiles en batallas sin valor estratégico y Macleish perdió a su hermano. El paraíso occidental que recordaban en sus viajes literarios, era una ruina y el retorno a casa en 1918 tras el armisticio, tuvo un sabor amargo. Tras experimentar los primeros efectos de armas químicas en un campo de batalla y el absurdo de las trincheras atestadas de cadáveres, el país que los recibía era una extraña y adormilada Norteamérica, previa a la depresión y con un modelo de vida fatuo y falsamente costumbrista. Reprimida, racista e indiferente, es el periodo de la prohibición que tanto poder daría a la mafia.

Políticamente hubo un cierre tajante al mundo, una verdadera bofetada y traición para los idealistas que pusieron su vida al borde del abismo creyendo que todo sería distinto al terminar el conflicto. Con menos de veinte años, estaban desilusionados y abatidos, eran parias, nadie entendía lo que habían vivido, por que habían peleado y menos asimilaban la cantidad absurda de amigos que habían muerto al otro lado del mundo. La guerra no había solucionado una maldita cosa.

El sentido de alineación, los hizo ciudadanos sin hogar del mundo, alejados de todo regionalismo feudal y moralina prefabricada, rumbo a una disidencia que culminó nuevamente en las calles de Europa, específicamente Francia. Sin embargo esta había cambiado sustancialmente en los años de ausencia. Entre la guerra, su decepción al confrontar el hogar y su volver a cruzar el océano: Las ciudades del viejo mundo en específico la de las Luces, habían renacido y los heridos espíritus de los ahora hombres, encontrarían en ese afán de revivir lo perdido, su rumbo y un mundo a recrear.

Desde allí, forjaron la voz que la literatura en ingles necesitaba, la misma que luego inspiraría con fervor a las letras latinoamericanas del boom. Ese grupo fue asertivamente llamado la generación perdida por la Poeta, Devota del arte y madrina de la literatura Gertrude Stein. Según ella estos hombres fueron mutilados en su juventud, pasaron de adolescentes a hombres de forma violenta e impositiva..

Corrian los años 20 en Paris y el mejor retrato lo da Hemingway en el prologo de su obra Paris era una fiesta “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego Paris te acompañara vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue” Festivo espacio que reunió a un gran número de privilegiadas voces Archivald Macleish, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Ezra Pound, John Doss Passos, William Faulkner, John Steinbeck entre otros, el panorama bohemio, hervidero de jazz, escritura trasnochada y delirante privilegiaba la escritura en cafés literarios, únicos sitios con calefacción gratis, además estaban las encerronas creativas en la librería Shakespeare and Company de Silvia Beach y en el centro cultural propiedad de Stein. Ella llego a convertirse en la matriarca del grupo y correctora de estilo junto a Pound, cerraba esta magnífica trinidad el tan mentado Joyce.

El autor irlandés, culminó esos años su opera prima. Los afortunados escucharon las primeras lecturas del Ulises y su delirante fluir de la conciencia de boca del autor. Las primeras alucinadas voces colisionaban y daban pasa al contrabando a U.S.A donde el texto fue moralmente vetado y tuvo que ingresar camuflada como copias de Hamlet.

Sin duda, esos años, París era una locura, una fiesta y el talentoso señor Joyce, era uno de sus más grandes anfitriones.

Autor: Daniel Rojas Pachas.
Publicado en: Cinosargo

Semblanzas Profundas: María Monvel

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María Monvel es el seudónimo de Tilda Brito Letelier, poeta originaria de Iquique, nacida en 1899. Dedicada desde muy joven a la lírica, sus primeras incursiones las vemos retratadas en revistas y folletines de provincia, allí vivió su infancia y adolescencia, luego se trasladaría a la capital, llegando a convertirse en una gran escritora que fue considerada dentro y fuera de nuestro país: Como una de las importantes autoras que lego el siglo recién pasado.

Muy joven, fue antologada con su nombre real en la obra "Selva Lírica" compilada en 1917 por Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya, en esta obra resaltan escritores de la talla de Ángel Cruchaga Santa María, Vicente Huidobro, Carlos Pezoa Véliz, Sady Zañartu, Pedro Prado y más y le auguran una prometedora carrera al amparo de una producción que se perfila: “como el de una muchacha de un fervor artístico saturado de cristiana sentimentalidad".

Dicha delicadeza y manejo visceral de la palabra, además del sentimiento como Leitmotiv descarnado, la acompañaría toda su corta vida, Maria Monvel llegó a editar siete libros, pues fallece en 1936 producto de su frágil salud, tenía tan sólo 37 años.

Publicada en Barcelona y en importantes editoriales nacionales como Nascimento, comparte páginas con otras grandes poetas como: Mistral, Ibarburú, Delmira Agustini y Alfonsina Storni. La Ganadora del Nobel, destaca el encanto y sublimación que produce su obra. Monvel llega a resaltar como una de las máximas exponentes continentales de la poesía femenina de principios del siglo XX y como ocurre con otros chilenos: Boris Calderón, Gustavo Osorio, Romeo Murga y Omar Cáceres, hay una deuda ineludible ante la negligencia con que ha sido recordada y difundida su obra. La cual desgraciadamente ha caído en un silencio lapidario.

Entre sus títulos podemos nombrar Últimos Poemas 1937, Romances de Ensueños de 1918, Fue Así de 1922, El Marido Gringo, Poesías de 1927, Poetisas de América del año 1929 editada por Nascimento. En esta obra, en la introducción a la poética de Monvel, Gabriela Mistral prodiga: "La mejor poetisa de Chile, pero más que eso: una de las grandes de nuestra América, próxima a Alfonsina Storni por la riqueza del temperamento, a Juana por la espontaneidad. Empecé por admirarla y he acabado por quererla. Me vino su estimación de aquella clara honradez artística suya. Verso fácil que rebalsa la copa llena de sentimiento, fácil por la plenitud.

No se inventa nunca el sentimiento (cosa tan común entre las mujeres). Expresión nítida, a causa de la misma verdad del motivo. Ninguna dureza; su estrofa posee lo dichoso de los verdes canales chilenos. En María Monvel la tortura se halla en el espíritu, pero el verbo no conoce confusión ni torcedura desgraciada. Dije que su temperamento era rico como el de Alfonsina. Sí, todos los motivos: la tierra, el paisaje, el amor, la coquetería también, la maternidad, el juego. Parece en ocasiones una mujer madura y a veces se la mira jugar como un niño con los asuntos frívolos. En verdad tiene la madurez, porque la vida le fue anticipada en dolor; pero no tiene mi envenenamiento por la amargura".


Luego vendría el título sus Mejores Poemas esta obra es de 1934 y abarca diez años de su labor poética: Es una antología de los mejores poemas de Monvel, seleccionados por su propia autora y cuya estructura presenta fechas y un orden que oficia como imperecedero documento o diario de su viaje creativo.

Dentro de su quehacer literario hay que destacar que tradujo a Shakespeare y Goethe y en este campo señala en una carta dirigida a Manuel Magallanes Moure: "Mi opinión no vale nada, vale menos que la opinión de todos, pero permita Ud., Manuel Magallanes, que le dé mi opinión: es usted un enorme poeta, que me place principalmente por su elegancia en el decir, unida a su emotividad infinita, sin palabrería vana, sin arte rebuscado. Cuando yo leo en francés un poema que me parece muy hermoso, siento necesidad de traducirlo, de versificar sus ideas con mi lengua, para penetrarme más de él. Cuando leo en mi propio idioma versos tan lindos como los suyos, me agrada escribir sobre ellos".

Fue además columnista y narradora, dirigió "Para Todos", revista que publicó la editorial Zig – Zag y estuvo ligada de cerca al mundo intelectual y literario de la nación, por su talento como poeta y su matrimonio con el crítico Armando Donoso, miembro del llamado Grupo de los Diez, el cual publicaría póstumamente Últimos Poemas, del cual, dejamos una muestra; no sin antes señalar la obra de Monvel: Como tributaria de un sentir no sólo sensitivo, agotado en la expresión y ensalce del sentimiento. Su poética es sensorial capaz de desmenuzar con sencillez pero de manera profunda e intensa la captación del sentido y el estímulo nervioso, medular. Ella comunica, dialoga y su voz gravita sobre su público, buscando provocar la colisión pura, el tener que enfrentarse con una palpitación, mirada o roce que deshilvana cada fibra y molécula del cuerpo, de la espina, del cerebro, al recibir el mensaje.

De esta manera, la emoción la construye el lector, el la sufre, la goza y no la recibe ya con forma y color lista a ser tragada como una golosina. Monvel en su arte da a la palabra volumen y densidad, lo que en manos de un artífice de la sensiblería y catarsis prefabricada: Sería mera auto-terapia o burda conmoción.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo.


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JUEGA COMO LOS PAJAROS Y EL VIENTO
Juega como los pájaros y el viento
y yo, como los pájaros y el viento
le traje a mí, cuando me di al amor.
Juega como los pájaros y el viento
porque toda la tierra es su elemento
aunque le cerquen ya muerte y dolor.

!No podrá defenderlo tu ternura!
Es bello el sol, pero la tierra es dura ....
¡Teme al amor! ¡Huye al amor, mujer!
La nube es clara, pero el hombre es fiera,
y ¡ay! es mejor que en tus entrañas muera
que bello es ser, pero es mejor no ser.


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ORGIA
Copa de cristal pulido,
bebo, bebo y me embriago,
con sabor a corazón
y sabor divino a labios.

Bacante soy de una orgía
deliciosa y no me exalto.
Ruedan abiertas las rosas
sobre mi corpiño intacto,
y yo bebo y bebo más
el licor que sabe a labios.

Maravilloso licor del que ya bebido tanto,
sin que se alteren mis venas,
sin que en mi mente haga estragos.
Centellea como dos
ojos negros en mi vaso,
prende infinitas antorchas
en mi corazón helado
a arrastra mi pensamiento
hacia caminos fantásticos.
Bebo, y no estoy ebria, no.
Muerdo el cristal de mi vaso
y hago trizas los espejos
que miran y estoy mirando.
Me sumerjo en mi licor
como en olas de cobalto
que aunque bebo, no me estalla
roto el cerebro en pedazos.

Disuelvo mi pensamiento
licor con sabor a labios
y en tus olas de emoción
toda voluntad deshago.
¡Centellar de ojos ardientes,
aunque muero, no me embriago,
y aunque he disuelto mi vida
en la copa de tus labios!.


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BERCEUSE

Me estoy durmiendo poco a poco,
me estoy durmiendo sobre el mar.
Un hierro sólo me separa
de su viscosa inmensidad
y yo me duermo poco a poco
con blando y dulce cabecear.
¿vendrá el naufragio si me duermo?.
¿ Me tragará dormida el mar?.
¿Morderé perlas, algas, conchas
en un futuro despertar?.
¿Conversaré con las sirenas?.
¿Algún tritón me abrazará?.
¿Iré a las fiestas de Neptuno
en un carruaje de coral?....
En la litera pequeñita
mi corazón dormido está.
No más que un hierro me separa
de su viscosa inmensidad.


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Alfred Jarry

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El Cerebro del Agente de Policía

Por Alfred Jarry

Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.
No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que la que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda de que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener en las manos un diario, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está allí: eran diarios.
El resultado de esta autopsia no dejará de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que puede producir una aguja de ropavejero en un tacho de basuras? Quizás, a algunos demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.
Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de Policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.
Aquí se entristecen el moralista y hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siécle y una cantidad de publicaciones algo más que frívolas algunas de ellas traídas dé Bélgica de contrabando.
He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un coche que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, sólo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.


La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial, que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes, que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal sólo encuentre en sus cráneos... No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso; 1) El Código Penal, 2) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3) un reducido número de tomos del gran diccionario de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.



  • Publicado: Sábado, 2 Agosto 2008 15:58:37 GMT
  • En: biblioteca
  • Permaenlace: Alfred Jarry
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